Acabo de regresar de Estados Unidos (EE. UU.) en donde pasé las fiestas de fin de año. Y durante mi estadía en Washington y en mi finca en Virginia, por primera vez desde el inicio de la Gran Recesión en 2007 pude palpar un cierto optimismo entre la población. Esto a pesar de la desastrosa primera semana del año nuevo en la bolsa de Nueva York que cayó más de mil puntos, por temor al delicado estado de la economía china.
En Washington y las montañas cercanas de Virginia, ya pasaron los tiempos en que cientos de miles de familias, de clase media, tuvieron que entregar sus viviendas por no poder pagar sus hipotecas. Más bien está repuntando el mercado de bienes raíces. Y a nivel nacional se crearon 2.65 millones de empleos en 2015 y la tasa de desempleo en diciembre andaba por 5 por ciento, su nivel más bajo en siete años.
Algunos atribuyen la mejoría en la economía estadounidense a los agresivos programas de estímulo que comenzaron en 2008 para contrarrestar la Gran Recesión. Inicialmente el gobierno procuró estimular la economía aumentando gastos. Esto produjo déficits fiscales que alcanzaron el 10 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), nivel típicamente vinculado a países poco serios y llamados despectivamente repúblicas bananeras. Estos déficits a su vez, aumentaron la deuda pública norteamericana hasta el punto que es igual al PIB nacional, más del doble el nivel de la nuestra. Más recientemente, el estímulo ha consistido en una política monetaria amplia que se ha reflejado en tasas de interés del FED, el banco central estadounidense, de prácticamente cero.
Esta tasa, a su vez, ha provocado un bajón en toda la cadena de tasas de interés, desde las que se pagan por tarjetas de crédito hasta hipotecas de 30 años.
Hay toda una discusión entre economistas con relación a la eficacia de estos programas gubernamentales de estímulo. La recuperación de la economía se ha dado, pero ha sido la más anémica en la historia moderna. Se habla de un “nuevo normal” en donde el crecimiento ha sido tan solo 2 por ciento anualmente en lugar de cifras dos veces más altas después de previas recesiones. Y críticos de los programas oficiales de estímulo señalan que realmente no ayudaron al hombre y la mujer de la calle sino que a los grandes bancos y al 1 por ciento más ricos de la sociedad, acentuando la desigualdad de ingresos en la Unión Americana. Además, argumentan, las tasas bajas de interés han creado una peligrosa burbuja en la bolsa al fomentar especulación en el lugar donde se encuentran los rendimientos más atractivos.
Pero bueno, regresando al optimismo que comencé a detectar entre los norteamericanos en mi reciente visita, mi impresión es que se debe principalmente al alivio que sienten gracias a los precios que pagan para la energía que consumen. Por ejemplo, el precio promedio por un galón de gasolina que se pagaba en EE. UU. la última semana del 2015 era US$2.03 por galón, una cifra no vista desde marzo de 2009. Y en muchas partes, el precio en la bomba era aún más cómodo. En Culpeper, Virginia, por ejemplo, en donde se encuentra mi finca, llegué a pagar US$1.72 por galón.
El impacto de esta reducción en el precio de combustibles —debido principalmente al aumento en la producción de petróleo por parte del sector privado en Norteamérica— resultó en un ahorro para las familias estadounidenses de US$115 mil millones. Se estima que cada conductor ahorró US$550 en 2015, plata que quedó en el bolsillo de los consumidores y que les dio una cierta tranquilidad que tenían años de no sentir.
El bajón en precios de energía no se ha limitado a la gasolina y el diésel. También se ha reflejado en tarifas más bajas para el consumo de energía en las casas de los habitantes de la Unión Americana. Por ejemplo, yo caliento mi finca con gas natural, y recientemente negocié una rebaja de 50 por ciento con la empresa privada que suministra gas natural en zonas rurales de Culpeper.
Y en Washington, la empresa que provee gas natural para las calefacciones y cocinas del área metropolitana de la capital también ha reducido su tarifa.
¿Qué hicieron los estadounidenses con su dividendo energético? Pues, por ejemplo, muchos de ellos compraron por primera vez en años vehículos nuevos. Tan es así que se calcula que en 2015 se vendieron 17.5 millones de carros y camionetas de tina nuevas, millones de unidades más que en los años más severos de la Gran Recesión: 2008 y 2009.
Conclusión: la economía de mercado y el sector privado siguen siendo las herramientas más poderosas para beneficiar económicamente a un país, incluyendo sus grandes mayorías. ¡El programa de estímulo por excelencia fue el del sector privado!
Ahora que en Nicaragua estamos entrando de nuevo en una discusión sobre cómo aprovechar al máximo un precio del petróleo que está por debajo de US$33 por barril el día en que estoy escribiendo este artículo de opinión, debemos de aprender de la experiencia norteamericana. Sí, tenemos que pagar la deuda que supuestamente incurrimos para mantener estable nuestra tarifa eléctrica en los tiempos cuando el precio del oro negro superaba US$100 por barril. Pero también debemos de compartir más amplia y directamente el dividendo petrolero entre todos los consumidores nacionales. Al igual que en EE. UU., este sería nuestro programa de estímulo y de acción social óptimo. Parafraseando al filósofo y economista británico del siglo XIX, Jeremy
Bentham, compartiendo directamente el dividendo petrolero entre todos los consumidores brindaría el mayor bien al mayor número de nuestros compatriotas. Y ¿no es eso lo que deberíamos buscar?
El autor es ex embajador en Estados Unidos.