Después de mediodía salimos para León a disfrutar las celebraciones de La Gritería. Por el tráfico tupido y la carretera estrecha, todavía de dos carriles, nos tomó más de hora y media el viaje de menos de noventa kilómetros, en especial porque al pasar por el área de Mateare pedíamos ir lentos con la infructuosa esperanza de apreciar las emanaciones del Momotombo, actualmente en reposo.
León estaba en plena efervescencia, cantidad de visitantes, familiares, vecinos y turistas caminando por las antiguas calles empedradas, conjuntos de altares a la Virgen para abrir sus puertas o ventanas a las seis de la tarde, muchos comercios activos en las aceras detrás de Catedral, variedad inagotable de restaurantes, bares y cafeterías nuevas en las largas cuadras leonesas, pequeños hoteles, posadas, hostales y todo tipo de hospedajes ofreciendo sus servicios. En fin una transformación positiva de la otrora soñolienta ciudad universitaria.
Nos instalamos en El Sesteo de Marcela Saravia de Marín frente a una de las cuatro esquinas de la Catedral y del parque, que sigue siendo el lugar obligatorio de comer o cervecear y contemplar el mar de gente que se reúne poco a poco a esperar el grito del Obispo que a las seis en punto al concluir su misa sale al atrio y pregona en los parlantes “Quién causa tanta alegría” y al unísono las veinte o treinta mil personas apretujadas en la plaza y el parque Jerez responden “La concepción de María”.
Al instante se encienden los fuegos artificiales, al estilo del 14 de julio en Francia, o el 4 de julio en EE.UU., que duraron más de media hora interminable y alegre. Pasaron entre la multitud decenas de gigantonas, exclusividad leonesa, aportadas por cada barrio. Comentaba Marcelo Marín Saravia, joven gerente del Sesteo, que muy pocas veces han vendido tantas cervezas como esa noche.
Andábamos con nuestros sobrinos Sandra Baca, de Masaya, reputada catedrática universitaria, con una maestría en lingüística; su esposo Claude, funcionario de la Unión Europea y su encantadora hija Celesta, todos ellos debutantes de La Gritería en León. Después de caminar y meternos en las casas con los altares para gritar y cantar los clásicos cantos de la Purísimas, estuvimos en tres lugares, todos concurridos y alegres, donde la Olguita Pereira y José Delgadillo, aún con espíritu y ánimo suficientes para mantener incólumes con sus nueve hijos y nueras una de las celebraciones más clásicas de La Gritería, comentaron que tienen quizás setenta años de esa costumbre, desde los tiempos de su antecesora, doña Natalia Areas.
Luego pasamos a otra casa con ancestro religioso, la antigua residencia de Jilmita Gurdián que mantuvo su esposo Oscar Alemán recientemente fallecido y que han recogido sus hijos, Juan Daniel,
Oscar y Ernesto. Llena de gente, disfrutamos con los dulces típicos una deliciosa chicha de maíz, muy oportuna. Finalmente anclamos en el hogar Balladares-Herdocia-Pallais, cuya anfitriona doña Jilma, ahora bisabuela, atiende personalmente y dice que repartió más de trescientos limones y cañas.
Tenían en la sala, al pie de la imagen de la virgen una inmensa bandeja llena de dulces no necesariamente leoneses, sino de todo el país y cada quien tomaba loa que quisiera, se rellenaba cada quince minutos.
Nuestro acompañante Claude, el francés aficionado a la cocina, quiso conocer el contenido de cada dulcito y los anfitriones Jilma Herdocia y Chepe Pallais, con toda paciencia les explicaron los detalles.