Si somos conscientes sabemos que la fe exige conversión. Pero, ojo, la conversión no es cosa de buenos deseos solamente, ni de palabras bonitas.
La conversión supone un cambio en las formas de ver la vida, y conlleva una nueva manera de vivir y actuar. Nos hace tornar actitudes nuevas ante la vida y convivencia. Nos lleva a enmendar todo aquello que marcha mal en nuestra vida y convivencia.
Ante esta llamada de conversión, la gente que está escuchando a Juan el Bautista, le pregunta: “Entonces, ¿qué debemos hacer?” (Lc.3:10). Y Juan el Bautista les responde con toda claridad: “El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo”. (Lc.3:11).
Es decir, dejen de mirarse solo así mismos y de vivir como si solo existieran ustedes, encerrados en el muro de su Yo. Abran los ojos y se darán cuenta que en el mundo hay otros que no tienen casa donde vivir, ni tienen un pedazo de pan para llevárselo a la boca, ni tienen una ropa para cubrir su cuerpo.
Compartan, sean solidarios, pues esto es el principio de un verdadero cambio y convivencia. Quien no es solidario, no sabe convivir.
A los empleados públicos que le preguntaron: “Y nosotros, ¿qué debemos hacer?” (Lc.3:12). Juan el Bautista también les habló muy claro: “No exijan más de lo que les está fijado”, (Lc.3:13). Es decir, dejen de ser corruptos. No exploten a la gente. No cobren más de lo que está establecido.
Con esa misma claridad Juan les habla a los soldados romanos que también le preguntaron: “¿Y nosotros qué debemos hacer?” (Lc.3:14). Juan les dijo: “No hagan extorsión a nadie, no hagan denuncias falsas y conténtense con su paga”, (Lc.3:14). Es decir, no abusen de su autoridad, no amenacen a nadie, respeten, traten bien a la gente, vayan siempre con la lealtad por delante, no abusen del uniforme que llevan puesto.
Esto es convertirse: Empezar a mirar y conducir la vida con ojos y obras distintos. Empezar a ser responsables cada uno en su sitio, en la misión y en el trabajo que tiene. El gobierno, que gobierne, que sirva al pueblo sin servirse del pueblo. Los jueces que hagan justicia a todos por igual. El empresario que dé un salario digno a sus obreros y los obreros que se merezcan con su trabajo el salario que reciben.
Los esposos que sean fieles a su compromiso de amor y comunión, y los padres que respondan como tales ante sus hijos. Los hijos que sean agradecidos a sus padres por la vida que recibieron y sepan que el hogar es fruto del esfuerzo de todos y de la responsabilidad de todos. El sacerdote que responda ante la comunidad cristiana de la misión que la misma comunidad le ha confiado y lleve en su vida el ejemplo por delante.
Quien se ha convertido de verdad —como Juan le pedía a la gente— ese puede exclamar lleno de alegría aquello que decía San Agustín: “Has roto mis ataduras. Contaré en la comunidad cómo lo has hecho, y todos mis compañeros dirán: ‘Tenemos un Dios que es bendición. Donde Él entra, se va la muerte y brota la vida a raudales”’.