Llegué a los temidos sesenta
seis decenas enseñoreadas en mí
le he dado varias vueltas a la cifra
quince por cuatro,
tres veces veinte,
dos veces treinta,
y siempre termino en la tercera edad.
No quería llegar a los cuarenta
a esa edad —muchos decían—
la mujer ya no sirve para nada,
pasé la menopausia con todo lo que conlleva
no tengo tiroides ni útero,
tengo varias coronas,
la piel agachada ante la gravedad,
tres hijos, dos nietos
una carrera que caminó lenta
y aún así, olvido los 60
hasta atrapar nuevas arrugas
frente al espejo.
Le hago trampas al tiempo
con mi amor por la poesía,
los libros, la música,
la conversación con mis amigas,
todo, menos engañar a los años
con cirugía estética,
creo más bien en la plasticidad
del cuerpo para ajustarme al tuyo
y la del alma
para empezar a contar de nuevo.
EMERGENCIA
MARINA MONCADA
En el salón de Mr. Gutiérrez,
a secundaria bien preparada,
con su mejor atavío,
el sombrero de español
ante la sorpresa de los estudiantes,
aparece la maestra sustituta.
En vano busca un espacio en la pizarra,
atiborrada de información pasada
para introducir el tema del día,
tampoco encuentra la tabla de los sitios
esculpidos con corazones aplazados.
La bocina estridente desde la oficina
les pone la mano en el pecho
para estremecerlos frente a la bandera
que uniforma emblemas.
Uno de ellos permanece sentado,
la otra, tiene su mano derecha en el lápiz labial.
Como rocas abandonadas a la gravedad
caen los libros sobre los pupitres,
es la entrada del segundo grupo,
se pasa otra vez la lista
¿Puedo ir al baño, miss?
¿Es emergencia, niño?
La próxima hora,
abra la puerta por favor,
llaman al joven con la capucha,
es de parte del consejero,
sin anuncio previo todos al patio
hay parapeto de terremoto
Les decía, insiste la Miss
que El Burlador de Sevilla…
cuando suena la campana
de salida.
THE GOLDEN STATE
MARINA MONCADA
Escucho al albañil tararear desentonado
la música de la radio AM que alcanza su pueblo
su rostro envuelto en el aserrín residuo del piso
de madera cansada, que lija, sacude y barniza
donde pasos antecesores se posaron one century ago.
Igual canta cuando respira el tíner para arralar la pintura
con la que retocará mi cuarto
rehúsa la máscara protectora y ni siquiera estornuda.
Desconozco el origen de los antiguos moradores
aunque podría investigar en los récords del Civic Center
pero me interesaría más saber cuál era su oficio
y si cantaban mientras trabajaban.
Mi oído musical aguzado, se incomoda cuando escucha
cantar a alguien fuera de tono, pero esta es la excepción:
Jesús, se llama el señor, es hermano de mi vecina María
salvo que ella es ciudadana norteamericana y heredera
de una fortuna de su difunto marido, rubio, ojos azul Paul Newman
quien engrosó su bolsa a punta de plomería y nunca aprendió
a decir gracias ni a cantar en el idioma de su esposa
Karl —así se llamaba— llegó de Kansas al Golden State
del mero centro al oeste, algo así como del centro a la
izquierda, con los bolsillos pálidos.
Chu, tan católico como su hermana,
respetuoso me increpa cuando le digo
¿Sabe qué, Jesús? Solamente me hace falta ir a un brujo
para deshacerme de esta alergia
“¿Usted dice curandero? No, ni lo mande Dios”.
Lo tranquilizo diciendo que bromeo.
El albañil desprovisto de documentos para residir
en the USA, paciente regresa a su trabajo,
cantando sordo
junto a los Tucanes de Tijuana, envuelto
en el polvillo de la madera,
respirando los gases del tíner y sin alergias.