Travesuras universitarias

Cuento de Álvaro Porta Bermúdez sobre sus años universitarios

Anita Luna de Pereira. Gratitud

En el verano de 1951, cerradas por Somoza las universidades de Managua y Granada, para los jóvenes bachilleres que estábamos terminando en Oriente, la opción para intentar estudiar una profesión era viajar a León y buscar como matricularnos en la vieja casa de estudios, cuyo rector era el venerable anciano doctor Juan de Dios Vanegas. No teníamos idea de cómo era León, dónde vivir y comer, cómo transportarse, qué hacer para divertirse, cómo era la juventud de nuestra generación, ni muchos otros detalles propios de la vida de una ciudad. La única vía de comunicación con el resto del país era el arcaico, ruidoso y poco puntual Ferrocarril del Pacífico que se tomaba casi todo un día para recorrer la distancia entre León y los pueblos de oriente, Granada, Masaya y Carazo, principalmente. De modo que quienes tomamos la decisión de ir a León estábamos claros de que no tendríamos muchas oportunidades de ver con frecuencia a nuestros seres queridos, principalmente los familiares y las novias.

Para quienes no éramos lugareños, o del vecindario, trasladarse a León equivalía ir a un destierro, o a otro país. No obstante, el viaje en tren casi nunca fue aburrido.

Para empezar, la cantidad de estaciones donde se detenía el bendito tren, a partir de Managua era una sucesión de pueblos y paradas, entre otros, Los Brasiles, Mateare, Nagarote, La Paz Vieja, La Paz Centro, en todas, las vendedoras tenía la habilidad de invadir los vagones y pregonar sus delicadezas, claro que habiendo salido tan temprano del pueblo natal, al pasar por estos lugares era difícil resistir a un gustoso chancho con yuca con una jícara de cacao, o un pescadito individual recién capturado, o un quesillo que solo se vendían en estos vecindarios, envuelto en tortilla y bañado en crema.

En una de esas paradas, talvez en La Paz Centro, había que esperar el cruce con la pasada del otro tren que llegaba en sentido contrario y dejaba libre la línea. Alguna vez, al principio sentí aflicción de que después del cruce viniera otro tren en la misma dirección y el maquinista tuviera dificultades para resolver este problema. Nunca ocurrió, por supuesto y paré de sufrir.

En la bulliciosa estación de León tomábamos un coche pagado entre varios y a buscar nuestra pensión. Para muchos granadinos conservadores este era el momento más desconsolado del viaje, sentirse desterrados en un pueblo liberal que según ellos los detestaban. Lo cual no era cierto, jamás sentí sensación adversa, a pesar de que varios de nosotros no caíamos bien en algunos círculos, había celos de competencia por el amor de sus muchachas.

Hubo casos extremos, como el de un compañero que llegó a vivir en una de nuestras piezas, Julio Álvarez, quien con sus traguitos tenía problemas para esconder su animadversión u obsesión contra el lugar. Cada vez que llegaba tomado se soltaba en improperios a altas voces y hasta ofrecía entregar León a cambio del Territorio en Litigio con Honduras. Calláte, le decíamos, nos van a declarar non gratos y nos van a correr, pero a Julio le importaba un pito y seguía en su diatriba hasta quedar dormido.

Otro caso difícil fue el agravio sufrido por el joven estudiante de Farmacia, Ramón Emilio Porta, educado y discreto, quien fue amenazado por El chino Teller, famoso por tromponero, quien lo acusó de enamorar a su novia, morena guapa y salerosa, con quien El chino se casó pronto. Ramón Emilio aseguraba que eso era falso y solo celos excesivos y erróneos.

Vivíamos en esos años en dos piezas a la calle de la casa de don Chema Jerez, casado con Tere Mayorga Castro, una familia de todo respeto y consideración, tenían dos lindas hijitas adolescentes, Tatiana y Lorena, la primera cortejada primero por Jaime Pasquier y luego por Aarón Tukler, a los otros inquietos masayas quien más les llamaba la atención era la dueña de casa, una morena sencilla con una gracia discreta, estos en alguna juerga se referían a ella con respeto como la Garza Morena, lo que ella nunca supo.

También llegaba a la casa, Anita Gil, bella, llena de vida y alegría, era varios años mayor que el grupo de estudiantes, pero no importaba, ni se notaba. Una vez que aumentó de peso le hicimos un verso con dos versiones, una para decírselo a ella, doña Anita Gil de Castro/ muy a nuestro pesar/ la tendremos que mandar/ si sigue aumentando/ a brillar con los astros. Y nosotros irreverentes e irrespetuosos le cambiábamos el último verso, pero solo para decirlo en privado /la tendremos que mandar/ si sigue engordando/ al rastro. Por suerte nunca lo supo.

El aporte de los masayas a la universidad de León era visible, en todas las carreras, en especial Derecho y Medicina. Un pequeño grupo de amigos vecinos de los barrios centrales de Masaya, San Jerónimo y La Parroquia, que no queríamos vernos orillados por los celosos leoneses nos acercamos a la primorosa joven dama de Masaya, Anita Luna, casada con Enrique Pereira, respetable empresario de León. Amiga cercana de nuestras familias nos acogió con afecto y protección y nos organizó lo que ahora llamaríamos un get together para presentarnos a un grupo de amigas solteras y que ellas supieran que Anita era nuestra madrina. Dicho y hecho, a partir de ese ágape, fuimos aceptados en los ambientes más cerrados de León, se abrieron puertas y se crearon muchas relaciones amistosas y con seguridad, hasta amorosas.

Los masayas podíamos andar en todos los bares y cantinas sin temor a encontrarnos con los bohemios leoneses, muy dados a armar discusiones y bochinches contra los foráneos, así llegamos a congeniar con figuras emblemáticas como Donoso Cortés, Pancho Juárez, Ernesto Castellón, Ricardo Barreto, Marianito Fiallos, Chepe Tapas hijo del vicerrector, Catucho Chávez, entre otros. Donoso era uno de los más ocurrentes y el más insolente. Cuando un jueves apareció caído en el parquecito de La Merced uno de los tres bustos, el del expresidente don Evaristo Carazo, con la nariz rota, Donoso escribió y pegó en el busto, Evaristo no te ahuevés/ que lo que hoy te pasa a vos/ el próximo jueves/ le pasará a los otros dos. Y con un desparpajo y desfachatez dignos de mejor causa, después de una noche de juerga, para demostrarle amor a su novia se fue a cantarle en su casa y al final se hizo pupú en la puerta y le dejó un cartón que decía, para que veas que me defeco por vos.

Llegó a vivir con los masayas el paisano Silvio Abaúnza, dormilón que se levantaba después de las ocho. Para darle una lección sus compañeros, encabezados por el brujo Edgard Núñez dispusieron hacerle una broma, muy pesada por cierto, lo sacaron dormido entre cuatro, uno en cada pata de su tijera y con cuidado lo depositaron dormido en media calle bajo el sol, el pobre Silvio, en calzoncillos aguantó un rato hasta que no soportó el solazo y se levantó vociferando, hecho una furia. Otra bandidencia le hicieron a Miguel Porta, quien se levantaba de primero, se metía al baño, se vestía y salía a desayunar, donde la Nuyita Machado. Repitió varios días esta levantada de mañana sin respetar el sueño de los demás, hasta que los compañeros, en venganza dispusieron adelantarle una hora a su reloj despertador y cada uno hizo lo mismo con el propio.

De modo que cuando sonó la campanilla de las seis en el de Miguel, en realidad eran las cinco y estaba oscuro, Miguel se restregó los ojos, se levantó con dudas, soñoliento, buscó para constatar alguno de los relojes de los compañeros y lo pudo comprobar. Se metió al baño, se vistió y salió a la calle a exigir su desayuno, los demás ya se habían despertado y estaban gozando comentando los primeros y exitosos resultados, al ratito estaba de regreso Miguel furibundo tirando las puertas. Comentó que en la comidería, las empleadas estaban lavándose los dientes en camisón, sorprendidas cuando entró pidiendo el desayuno tan de madrugada, le dijeron que no había llegado el pan y que apenas estaban encendiendo la cocina, él les explicó que tenía clases a las siete y no quería llegar tarde. Le replicaron que apenas eran pasadas las cinco y media y que regresara.

No volvió a levantarse tan temprano.

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