“Maduro no es Chávez”, suelen decir los chavistas. Casi tres años después de la muerte de Hugo Chávez, su heredero político Nicolás Maduro sostiene el culto a la personalidad del líder venezolano, pero no ha podido evitar el debilitamiento del proyecto socialista.
Viejas alocuciones televisivas y la silueta de sus ojos pintada por doquier, la imagen de Chávez es omnipresente en una campaña marcada por la aguda crisis económica, en la cual los venezolanos sufren escasez de productos básicos y una alta inflación que evapora sus devaluados bolívares.
Con esas penurias la devoción no ha bastado para evitar que el chavismo se erosione. Una encuesta reciente de la firma Datanálisis estableció que sesenta por ciento de quienes se dicen militantes del oficialismo evalúan negativamente la situación del país con las mayores reservas petroleras del mundo.
“El chavismo con Maduro se ha debilitado dramáticamente”, sostiene Luis Vicente León, presidente de Datanálisis, subrayando que el presidente “no es un líder carismático” como Chávez.
Desde entonces su popularidad comenzó a descender hasta el actual 22 por ciento, según Datanálisis.
Tras un año en el poder el gobernante enfrentaba de lleno la crisis que atribuye a una “guerra económica de la derecha” y protestas opositoras que buscaban su renuncia y dejaron 43 muertos.
Sin un liderazgo fuerte ni acciones efectivas para reanimar la economía es inevitable que los chavistas sientan que Maduro “ha deteriorado el legado” de su predecesor y haya divisiones porque se ven en desventaja electoral por primera vez, observa León.