Querida Nicaragua: Qué fácil sería gobernar nuestro país y cualquier otro tan solo poniendo en práctica ciertos valores cívicos y morales. Tenemos varias docenas de hombres con cualidades superiores y con valores cívicos y morales bien cimentados, sin que lamentablemente se les ocurra participar en política.
El primero de estos valores debería ser el respeto. Un presidente que respete a su pueblo, que sienta el compromiso sagrado de cumplirle al pueblo y darle cuenta de las promesas que hizo en su campaña electoral, que sienta vergüenza al no poder cumplirle en tiempo y forma y darle públicamente las explicaciones del caso.
Eso sería tener respeto por su pueblo y naturalmente ese pueblo tendría que respetar y admirar a su presidente y se sentiría orgulloso de él, y pagaría gustoso sus impuestos sabiendo que los dineros en manos de su gobierno volverían al pueblo en educación, buen sistema de salud y medicinas en los hospitales, buenos caminos, limpieza e higiene en las calles de las ciudades, servicios públicos eficientes, manejados escrupulosamente, de manera que el pueblo pagara tarifas razonables.
Un buen presidente no estaría pensando en lucrarse con los proyectos del gobierno, pues su propia conciencia dirigiría sus actos. No realizaría proyectos que comprometieran el futuro de la nación a espaldas del pueblo, y como hacen los presidentes democráticos del mundo entero, pediría la opinión del pueblo a través de un referéndum.
Un buen presidente tendría que entender que no ha llegado a la silla presidencial para que le hagan genuflexiones ni lo rodeen una serie de serviles, sino que ha llegado para servirle al pueblo. Es presidente no para ser servido sino para servir.
Hablaba sobre este tema con un amigo y de repente me dijo: hombré, vos querés un gobierno manejado por ángeles, y eso es imposible porque el mundo está formado por noventa por ciento de demonios y diez por ciento de ángeles.
Le dije: No se necesita ser ángel ni santo para gobernar con honradez. Simplemente se necesita ser honrado. Respetarse uno mismo y respetar a los demás, es decir al pueblo que eligió al presidente.
La honradez es contagiosa. Si el presidente es honrado sus ministros lo serán, y todo el gobierno lo será. Si el presidente respeta la Constitución y la usa como un manual de procedimientos para ordenar la administración pública en poco tiempo tendremos un país en marcha, produciendo abundantemente, pues todos nos sentiremos seguros en un gobierno cuyas características son el respeto a la ley y la honradez administrativa.
Se acabaron los chanchullos, las compras ocultas sin licitación, los desfalcos en los ministerios y alcaldías. No más coimas ni comisiones por debajo de la mesa, ni desfalcos, pues habrá acusaciones y funcionará el poder judicial que será distinto del que tenemos ahora.
¿Y cómo garantizar la pureza de las elecciones y cómo elegir a otro presidente honrado que continúe el programa de nación con valores cívicos y morales?
El Consejo Supremo Electoral tendrá un solo presidente y dos secretarios electos en la Asamblea Nacional, donde habrá diputados escogidos en cada región del país y electos libremente. Se acabaron los dedazos.
Los miembros del Consejo Supremo Electoral no podrán militar en partidos políticos. Además habrá un Instituto Nacional de Cedulación para que todo ciudadano reciba a su tiempo su cédula de identidad.
El Ejército, que cuenta con profesionales bien preparados realizará obras sociales en beneficio de la comunidad. La Policía será la encargada de guardar el orden público.
Todo sencillo siempre que haya respeto, honradez y otros valores cívicos y morales que son lo único que puede salvarnos de la debacle en que vivimos, de las administraciones públicas mentirosas y desvergonzadas, de los funcionarios acostumbrados a robar en el erario ante la complacencia de sus jefes superiores. Para evitar todo esto y tener gobiernos buenos necesitamos cultivar los valores cívicos y morales.
El autor es gerente de Radio Corporación y Excandidato a la presidencia de la República en 2011.