Desde que he estado publicando esta columna en LA PRENSA he estado recibiendo emails sobre toda clase de tópicos espirituales. Algunos muy interesantes, otros de aprobación o de personas angustiadas, y finalmente unos “vulgarizándome”. Pero hay un tema que se repite constantemente y es el objeto de mi reflexión de hoy.
Les cito un par de ejemplos de emails: “ si alguien se salva de una tragedia o enfermedad, Dios es bueno, si no, es libre albedrío, Dios nunca pierde; un Dios poderoso y que nos ama y protege, pero abundan guerras, enfermedades, tragedias, calamidades, hambre, drogas, crueldad. De todos modos si Dios existiera, a cómo actúa, no sirve para nada”. Otro me decía: “ se dice que Dios conoce y está pendiente de todos los actos de nuestra vida, y que conoce hasta de nuestros pensamientos. Si Dios lo sabe todo de antemano, podría evitar tantas tragedias que suceden a cada minuto. ¿No quiere o no puede?”
En junio pasado publiqué un artículo aquí sobre este mismo tema titulado Dios no me hace caso en el que escribía lo siguiente: “Jesús nunca prometió que nada malo nos pasaría si nos convertíamos a Él. Más bien lo que dijo fue que el que quisiera seguirle tomara su cruz. La única cosa que Él nos aseguró fue la cruz. Él sanaba y hacía —y hace— toda clase de milagros y prodigios porque se conmueve y se apiada de nuestros sufrimientos, pero estos los hace principalmente como un signo de que su Reino ha llegado, de que Él es Dios y puede revertir la naturaleza humana porque Él la hizo, pero en cuanto a la cruz, Él la padeció primero y murió para resucitar, para que nosotros resucitemos también con Él. Su concepción del dolor y de la muerte es distinta a la nuestra y si queremos ser realistas y conocer la verdad —aunque a veces no la entendamos— debemos con humildad aceptar su verdad abandonando toda arrogancia espiritual”.
Hoy deseo añadir a todo lo anterior, que el mal del mundo no es producido por Dios. Todo el mal del mundo es producto de nuestra rebeldía a su ley y recomendaciones. Es producto del pecado, de la frustración del plan perfecto que Dios tiene para la humanidad. Más bien es Dios el que nos advierte del peligro y de las consecuencias de nuestra conducta indebida.
Dios nos ama con un amor insondable, por eso nos hizo libres y siempre ha respetado y va a respetar nuestra libertad que Él mismo nos dio, aunque escojamos —por esa misma libertad— alejarnos de Él. Dios quiere nuestro amor libremente, voluntariamente, de lo contrario no seríamos más que sus marionetas o sus robots, que no tendríamos más remedio que amarle y obedecerle querámoslo o no.
Asumamos la responsabilidad que nos toca y no rechacemos el amor de Dios. Decidámonos a retribuírselo con toda nuestra libertad y voluntad. EL AUTOR ES COORDINADOR DE LA CIUDAD DE DIOS.
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