Gracias a la relación que durante toda su vida mantuvo con La Nación de Buenos Aires, Darío fue un periodista profesional, nuestro primer periodista profesional. Sus correspondencias para dicho diario fueron su único medio estable de subsistencia, pues, cuando desempeñó cargos diplomáticos para su patria los salarios nunca fueron adecuados y generalmente se le enviaron con gran retraso.
Tampoco Darío hubiera podido subsistir con el producto de sus derechos de autor. Tuvo la mala suerte de tratar con editores tacaños.
Pese a que en su obra Historia de mis libros Darío afirma que la “carencia de una fortuna básica me obligaba a trabajar periodísticamente”, Rubén tenía un alto concepto del periodismo.
No es así extraño que las crónicas y artículos que enviaba a La Nación dieran luego contenido a varios de sus libros. Muchas de esas correspondencias integraron volúmenes acogidos con aplauso por la crítica, pues Darío periodista es siempre Darío artista. El poeta en Darío no puede ni debe oscurecer al prosista.
Además de nombrarle su corresponsal, La Nación le distinguió con misiones especiales. Es así como Darío viajó, en diciembre de 1898, a España para informar a los lectores de La Nación sobre la situación en que había quedado España después de su derrota ante los Estados Unidos. Rubén elevó la calidad y profundidad de la crónica y del reportaje periodístico y cumplió su misión con mucho profesionalismo.
Sus correspondencias sobre la situación de España fueron verdaderos ensayos, cuidadosamente preparados y documentados, sobre los más variados aspectos de la vida española de fin de siglo. Más tarde editaría estas crónicas en un libro bajo el título España Contemporánea (1901).
Este libro de Rubén mereció los elogios de la crítica desde el momento mismo de su aparición. Noel Rivas Bravo, en su estudio preliminar a la edición crítica, observa que el libro recibió la atención cuidadosa de varios escritores representativos de la España finisecular. Menciona, entre ellos, los comentarios elogiosos de Emilia Pardo Bazán y la crítica de Leopoldo Alas, “Clarín”.
Luis Bonafoux comentó lo siguiente: “Como literato, Rubén Darío tiene un nombre envidiable en América y es tan conocido como estimado en España. Como periodista, yo no le conocía. Su España Contemporánea es una sarta de crónicas, atildadas de forma, eruditas de fondo, crónicas en que la prosa de la actualidad no consigue desvanecer la poesía del artista”… El 98 español tiene en Rubén su más agudo observador.
En 1900, con motivo de la Exposición Universal que se celebró en París, Darío fue enviado por La Nación a dicha ciudad para “cubrir el evento”, como dicen los periodistas ahora.
“Peregrinaciones”, es otro libro de crónicas de Darío. Su primera parte está compuesta por las remitidas a La Nación sobre sus visitas a la Exposición. Agregó otras crónicas, casi todas ellas escritas en 1900, sobre temas que tienen que ver con la vida y sitios de la Ciudad Luz, tan admirada por el poeta.
En la Exposición Darío admira, a la vez, la aventura imaginativa de su moderna arquitectura y los grandes progresos de la ciencia y la tecnología, de que hace gala la Exposición, donde se dan cita todas las culturas del mundo.
Además de las crónicas sobre sus visitas a los principales pabellones, Rubén incluye en el libro su estupendo estudio sobre el escultor francés Rodin. Su juicio sobre Rodin fue certero, a diferencia de lo que le sucedió algunas veces al juzgar a los artistas plásticos de su época.
Incorporó otro artículo sobre el escritor irlandés Oscar Wilde, a quién Rubén conoció personalmente en París, cuando este ya no era más que un despojo humano después de su enjuiciamiento y encarcelamiento en Inglaterra a causa de su homosexualidad. La obra literaria de Wilde era admirada por Rubén: “Es de un mérito artístico eminente” afirma, y su tragedia humana le provoca conmiseración.
¿Qué piensa la crítica contemporánea del libro Peregrinaciones? Basta con reproducir aquí el juicio de Anderson Imbert: “Otra vez: buena prosa periodística.
En el punto más alto, sobre todo cuando escribe sobre museos y reflexiona sobre alegorías, mitos o ideas más o menos filosóficas, el lector siente que ahí hay una vibración afín a la de poemas que escribió en los mismos años”.
El autor es jurista y escritor.