Tres mujeres, jóvenes y entusiastas, que se conocen desde siempre y que se encuentran más allá de la amistad porque tienen búsquedas similares en la vida, deciden poner en marcha un proyecto en el que las tres ponen en práctica lo que saben. Pero no solo eso, sino que crean un centro en el que cada una colabora y aprende de la otra, sin que las ideas tengan propiedad y en donde el cómo hacerlo representa un reto para todas.
Eso es lo que pretenden las tres amigas: Helena González, Laura Sofía Barreto y Cristina Gómez, con Casa Luna, un centro que recientemente abrió sus puertas en la capital.
“Somos amigas desde chiquitas, crecimos juntas. Con Laura nos encontramos hace tres años. Éramos del mismo grupo de amigas que se fue formando, todas andábamos en esta búsqueda en este camino”, dice Cristina, 25 años, la mayor de las tres.
Helena estaba en México estudiando Arquitectura y allá se encontró con Laura Sofía, quien se había ido para aprender yoga kundalini, una terapia de posturas y sanación mental. Las muchachas se veían y pensaban “qué bonito sería crear un espacio así en Managua”.
La casa de la mamá de Helena, en Bolonia, era grande y prácticamente estaba desocupada, la mamá se había mudado a un apartamento. Se hizo un mantenimiento general, la pintaron, rompieron una pared para ampliar la cocina, crearon un jardín zen al fondo de la casa y otro en la entrada, donde empiezan a crecer albahacas y otras plantas medicinales y culinarias; transformaron la ventana de la sala principal, de manera que entrara luz y aire todo el día, como en las casonas granadinas.
Del techo, en la sala principal, cuelgan dos telas de colores, turquesa y morado, que sirven para practicar acrobacia en telas. Ofrecer esta alternativa danzaria es una de las ideas de Casa Luna.
En esa misma sala, enrollados en una esquina, se ven los tapetes con los que se practica yoga. La experta en esta materia es Laura Sofía, quien años atrás se fue a México con la idea de aprender biodanza y terapias alternativas, como la constelación familiar, pero estando en México se reencontró con el yoga kundalini que ya había comenzado a practicar en Nicaragua con su amiga Ruth Elizondo.
En esta sala multiusos, que también puede hacer las veces de comedor porque hay una mesa y un par de sillas de madera y plegables en las que se pueden sentar los que llegan para almorzar, es una de las más ventiladas por la puerta y los ventanales.

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VIDA SANA
Las palabras “sanación”, “consciente”, “natural”, “ancestros” están presentes a lo largo de la conversación con estas tres amigas quienes, además de sustentarse con el trabajo que hacen, quieren crear un espacio en el que puedan coincidir otras alternativas saludables y artísticas.
“Lo que fomentamos es la alimentación consciente”, dice Cristina y explica que por ahora no pueden decir que los ingredientes con que cocinan son orgánicos. “Al final no sabemos qué estamos comiendo. En las clases de cocina hablamos mucho de eso”, anota Cristina.
OTRAS VOCES, OTRAS IDEAS
Una de las ideas de Casa Luna es convertirla en un lugar de “convergencia”, dice Helena, y con esto se refiere a que tengan cabida otras ideas saludables y culturales. Hace poco presentaron el documental La sal de la tierra sobre el fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado, sin costo alguno, y paralelo vendieron comida mexicana.
“Queremos que en Managua la gente encuentre un respiro, juntos queremos que esto exista para que podamos compartir ese tipo de ofertas”, explica Helena.
Las tres están seguras de que en la capital hacen falta ofertas que promueven la sanidad física y mental.
La influencia mexicana en Casa Luna se nota en los ornamentos de hilos de colores que adornan discretamente las paredes. Les llaman ojos de Dios y son hechos por los huicholes, el nombre despectivo con que, según Helena, se conoce al pueblo indígena wixárika.
Uno de los proyectos de Casa Luna es impulsar talleres y encuentros con maestros de otras partes del país y del mundo, por ahora están armando una red de colaboradores con gente interesada en terapias alternativas. Este sábado, por ejemplo, harán un taller de tantra.
12 dólares es el costo de una clase de comida, que incluye los ingredientes y la preparación del plato. En el caso de las clases de yoga y los masajes terapéuticos los precios oscilan desde los 10 hasta los 30 dólares.
Ninguna de las tres vive en Casa Luna, pero casi. Las sesiones de yoga comienzan a las 6:00 de la mañana y luego la actividad se traslada a la cocina, allí Cristina comienza a mezclar ingredientes y olores, como el cardamomo, la canela y el cacao y de ello puede resultar una buena torta de chocolate “sin huevo y sin leche”, dice Helena, sin ánimo de intrigar, pero instando a averiguar por la magia de Cristina en el altar de la cocina.

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COCINA Y YOGA PARA LOS NIÑOS
Que los niños se interesen por la cocina, por el yoga y por otras alternativas de vida saludable es uno de los propósitos de las tres mujeres que están al frente de Casa Luna y para ello están impulsando talleres de ambas disciplinas dirigidas hacia este sector. “Los niños son la semilla de una nueva sociedad”, dice Helena González, arquitecta. Así que los lunes y sábado han diseñado talleres para los menores. Cristina y Laura Sofía comentan que es muy importante aprender desde pequeño por la calidad de lo que se come. Las habitantes de Casa Luna creen que en la capital existe una sobreoferta de comidas rápidas que no alimentan a los niños y por eso están animando a los papás a traerlos hasta aquí para aprender otras posibilidades para alimentarse, con ingredientes que se hallen en los mercados.