Las informaciones internacionales sobre América Latina han destacado que este miércoles 21 de octubre, el gobernante de Bolivia, Evo Morales, se convirtió en el presidente de ese país que más tiempo ha permanecido en el poder. Y pretende seguir allí de manera indefinida, igual que Daniel Ortega en Nicaragua.
Evo Morales subió a la Presidencia el 22 de enero de 2006, después de las elecciones de diciembre del año anterior. Desde entonces se ha reelegido dos veces, primero en 2009 y luego en 2014 con el mandato para gobernar hasta el 2019. Con nueve años y nueve meses en el poder, Morales ha superado a Andrés de Santa Cruz, quien fue presidente de Bolivia por 10 años, de 1829 a 1839.
La Constitución boliviana, promulgada en 2009 por el mismo Evo Morales, establece que nadie puede ser presidente por más de dos mandatos. Sin embargo, animado por sus seguidores y proclamándose “esclavo del pueblo”, el autoritario presidente indígena de Bolivia ha convocado a un referendo para ratificar la propuesta de reforma constitucional que le permita volver a reelegirse.
Los partidarios de la reelección presidencial y de la permanencia de la misma persona en el poder por tiempo indefinido, sostienen que esto no es malo si tal es la voluntad del pueblo. Pero los detractores del reeleccionismo aseguran que el continuismo presidencial conduce a la dictadura, a un régimen personalista y hegemónico, a la corrupción gubernamental absoluta, a la desaparición de las garantías ciudadanas y a la pérdida del balance de poderes y la estabilidad de las instituciones.
La experiencia nicaragüense confirma esa apreciación. Todos los presidentes de Nicaragua que han practicado la reelección y el continuismo, han sido o han derivado en ordinarios e inclusive despiadados dictadores, independientemente de que hayan promovido reformas progresistas, construido parques, escuelas y carreteras e impulsado el crecimiento económico y el desarrollo social.
Tal fue el caso de José Santos Zelaya, quien detentó el poder dictatorialmente durante 16 años; del general Anastasio Somoza García, presidente igualmente dictatorial a lo largo de 16 años; del general Anastasio Somoza Debayle, también presidente dictador durante 10 años; y del comandante Daniel Ortega Saavedra, el más duradero dictador de Nicaragua que ha sido presidente tres veces —sumando 13 años y 4 meses en el sillón presidencial—, más 5 años como cabecilla de la Junta (sandinista) de Gobierno de Reconstrucción Nacional.
La alternancia en el poder mediante elecciones periódicas libres y transparentes es la base de la democracia. El reeleccionismo y el continuismo gubernamental, en cambio, son una malignidad política que conduce a la concentración y el abuso de poder, a la perversión de las instituciones y a la degradación de la condición ciudadana.
George Washington, quien rechazó ser coronado rey de Estados Unidos y después no quiso ser reelegido presidente por segunda vez, advirtió que el poder es como el fuego, un sirviente peligroso y un amo terrible, por lo cual no se debe permitir que manos irresponsables lo controlen.
Y menos por tiempo indefinido, agregamos nosotros, que por experiencia propia conocemos la certeza de lo dicho por George Washington. Sin embargo, actualmente los nicaragüenses estamos tropezando de nuevo con la misma piedra, al menos por quinta vez en los últimos 122 años.