Alexis Argüello no es de ese tipo de atleta al que la gente solo recuerda con cariño. Él pertenece a otra categoría. A la del mito, cuyos defectos quedan olvidados por la memoria colectiva, mientras la leyenda reverdece cada día.
Además de emocionar al país, Argüello lo situó en el mapa deportivo mundial y le enseñó a pasar de triunfos morales, a victorias reales. Fue el primero es escalar la montaña y se sostuvo ahí con una autoridad aplastante.
Sus duelos son memorables y persisten de manera consistente en el afecto popular, donde están atesorados con veneración. Es el verdadero ídolo deportivo, cuya admiración y respeto han trascendido su muerte.
Luego está Román “Chocolatito” González, peleador formidable que aún construye su obra. Su mezcla de exquisitez y poderío lo proyectan como alguien especial. Y lo es. Y todos creemos que lo mejor no ha llegado.
A Román quizá le han faltado rivales que lo exijan y le saquen todo el fuego que seguro tiene en sus entrañas. Pero es un boxeador estupendo, que ha conseguido ya un alto nivel, sobretodo desde la vertiente técnica.
Los expertos lo han puesto en la cima libra por libra y no hay dudas que lo merece. Su récord es perfecto (43-0), como casi lo es su boxeo. Su arsenal físico es tal que empequeñece a sus rivales hasta volverlos calamidades.
Pero “Chocolatito” no es Alexis Argüello, cuyo impacto rebasó las fronteras del deporte. No obstante, Román no necesita ser Alexis. Él solo debe ser Román. El mejor Román posible. Luego el tiempo se encargará.
Román es boxísticamente mejor que Alexis, pero aún no es ídolo ni leyenda. No por ahora, porque el futuro solo Dios lo sabe.
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