Durante muchas de las noches de turno como cirujano de emergencia en el Hospital San Vicente de León, allá por los años setenta, después de las 9:00 de la noche, el flujo de pacientes disminuía. A esa hora, se sentía un silencio acompañado de la brisa que sacudía las ramas de los hermosos mangos y cocoteros que llenaban los patios del hospital.
De la lejanía, el viento traía únicamente el ruido de roconolas. Trastes infaltables de las cantinas y lupanares que a esas horas quedaban abiertos. Entre canción y canción, donde sobresalían por lo general las de Peñaranda (El Clavo, La Opera del Mondongo o Me va Gustando) de vez en cuando se colaba una del Bigote que Canta (Bienvenido Rosendo Granda Aguilera) y casi por instinto y sin saber porqué, se me venía a la mente La Sonata de Kreutzer.
“Alístense que viene el primer puñaleado” advertía a las enfermeras y demás miembros del grupo que cubríamos esa noche. Y así era. Unos minutos más tarde rechinaba el brecazo de un taxi con el primer verduguillado de la noche.
¿Cuál canción estaban tocando cuando te jincaron? Le preguntaba al paciente antes que perdiera el conocimiento. La respuesta era casi unánime: Soñar o Tu Precio. No se quedaban atrás ni La Callejera, ni Perfume de Gardenia, Otra Copa, la Canción del Borracho o simplemente ya jadeante me respondía una del Bigote que Canta.
Apuntale otra le ordenaba a la enfermera en medio de aquel estrés que hacíamos por salvarle la vida.
Llegué a concluir que Granda Aguilera tenía uno de los cementerios más populosos de Nicaragua.
Y era que algunas de esas canciones de los años cincuenta seguían siendo admiradas en los prostíbulos nicas despertando celos entre sus asistentes quienes ya con sus tragos entre pecho y espalda, se disputaban a las damiselas del amor.
De igual manera Pozdnyshev, en la novela de Tolstoi, entrado en celos al escuchar el primer movimiento de la sonata # 9 de Beethoven dedicada a Rodolphe Kreutzer convencido que esta excitaba sexualmente a su mujer con el violinista profesor de música, la mata.
Pozdnyshev muy bien declara en el drama que la música puede ser capaz de hacer cambiar el estado de una persona a otro que nada tiene que ver con su carácter natural.
Igual suerte corre Desdémona en la tragedia teatral Otelo de Shakespeare.
Puedo errar al afirmar que la celotipia es casi endémica en Nicaragua, pero basta leer los periódicos para darse cuenta del número de femicidios que suceden en la nación todos los días. Sin embargo, no puedo probar que toda violencia doméstica esté directamente relacionada con los celos patológicos.
Pozdnysshev el protagonista de la novela, es un personaje casi idéntico a muchos nicas de todos los niveles de clases, ricos y pobres donde se creen con derecho a pendenciar sin límites, pero no permiten ni en sueños un pequeño pestañeo a sus mujeres a las que acaban enfermizamente celando con consecuencias muchas de las veces nefastas.
El reverso puede ser muy cierto, pues hay mujeres extremadamente celosas que obligan a sus compañeros de vida a reaccionar de una forma a veces criminal y por supuesto nada justificable.
Existen otros factores que pueden desencadenar este síndrome como lo son el abuso del alcohol y la cocaína.
El licor y ciertas drogas recreacionales aumentan el deseo y reducen la potencia sexual bajando el autoestima y exacerbando los celos.
Algunos medicamentos y enfermedades como el Parkinson pueden causar celotipia. El que toma fármacos o padece algunas patologías crónicas sobre todo del sistema nervioso, debe consultar con su médico a este respecto.
Celos existen en toda sociedad, clase social o épocas de nuestras vidas. Ellos pueden ser normales y a veces beneficiosos, pero pueden asimismo traspasar esa barrera donde la locura amiga de la música, las drogas y el alcohol nos puede poseer con fatales consecuencias.
Quizás por esto Rene Francois Xavier Prinet inmortalizó a los celos pintando un beso apasionado entre un violinista y una pianista.
El autor es Médico y Cirujano