La invasión napoleónica a España en 1808 produjo un trono acéfalo (apresó a Carlos IV, colocó en su lugar a su hermano José) y la erección de las juntas locales y principales que se combinaron para oponerse al invasor y producir la Junta General. Fue el comienzo de un proceso político y social que sin pensar y muchas veces sin desearlo, desembocó por una parte en la independencia de las naciones de América de la corona española, pero, por otro lado, la apertura de la “caja de Pandora” que lanzó a nuestros pueblos a un período funesto de “vacío de poder” que en muchos casos y en especial en Centroamérica dio lugar a la anarquía.
Instaladas en Cádiz en junio de 1810 las Cortes de todas las Españas, Jorge Mario García Laguardia dice “que este cuerpo constituyente rompió el andamiaje de la vieja monarquía española” y produjo su primera disposición: “Que la soberanía residía esencialmente en la Nación”, teoría tomada directamente de John Locke (1632-170), dando al traste con la teoría de la “divinidad real” y definiendo al pueblo como toda fuente de poder.
Pero si en España se discutía una nueva forma de gobierno, en México ese mismo año el cura Miguel Hidalgo y Costilla (16 de septiembre de 1810) con el estandarte de la Virgen de Guadalupe y bajo el grito “¡Viva México!”, iniciaba la lucha por la emancipación.
Los centroamericanos no tuvimos escenarios de grandes batallas, no existió una batalla de Lexington, Concord y York Town, como en la independencia de los Estados Unidos, ni tuvimos la lira de Ralph Waldo Emerson: “Los disparos que se oyeron en todo el mundo”. No hubo un Washington ni mucho menos un Bolívar, que con su espada libertaria hiciera surgir las cumbres de Boyacá (7 de agosto de 1819), Carabobo (24 de junio de 1821), Pichincha (24 de mayo de 1822), Junín (6 de agosto de 1824), Ayacucho (9 de diciembre de 1824). Y que describe con sencillez el poeta colombiano Nabonazar Cogollo Ayala:
“Sobre el puente de Teatinos, la batalla/Dio comienzo con ardiente valentía…/Los patriotas levantando su hidalguía…/ Arremeten contra España y su metralla/ En combate sin igual de fiera talla/ ¡Muera! Gritan en creciente algarabía”.
Pero sí tuvimos en este proceso héroes y mártires. El primer grito libertario en Centroamérica (4 de noviembre de 1811), lo dio el presbítero salvadoreño José Matías Delgado (padre de la patria salvadoreña), junto con Manuel José Arce, los hermanos Aguilar y un buen grupo de familias criollas.
Le siguió León, los días 10 al 13 de diciembre de 1811, donde la multitud amotinada logró deponer al intendente José Salvador y solo la habilidad del obispo Nicolás García Jerez salva la situación. Masaya se vio envuelta en la rebelión. Granada, dos días después, cuando se conoció del establecimiento de una junta en León, el ayuntamiento se reservó el derecho a gobernar y pidió la deposición de los empleados españoles, quienes renunciaron.
Lo sucedido en Granada tuvo sus repercusiones en Rivas (23 de diciembre de 1811) donde los vecinos armados exigieron la destitución de las autoridades. Se exigía la abolición de la esclavitud.
El día 8 de enero de 1812 los granadinos asaltaron el fuerte de San Carlos reduciendo a prisión a los españoles. José Joaquín Bustamante y Guerra, capitán general del Reino, reaccionó mandando el batallón de Olancho al mando de Pedro Gutiérrez y otro batallón fue armado en Cartago, al mando de Juan Francisco Bonilla. Hubo enfrentamiento el 21 y 22 de abril de 1812. De acuerdo a las crónicas los realistas sufrieron 28 bajas. Se firmó un acuerdo el 25 de ese mes, en el cual los granadinos reconocieron a la autoridad real y se comprometieron a entregar las armas y acordaron que nadie sería molestado. Sin embargo Bustamante y Guerra desconoció los acuerdos, puso en prisión a los rebeldes y su decisión fue el fusilamiento de 16 rebeldes, nueve serían encarcelados a perpetuidad y ciento treinta y tres por tiempo determinado. En honor a ellos se erigió en Granada un obelisco de mármol que dice: “Honor a los Héroes de 1811”.
Y vino la frustrada Conjura de Belén en Guatemala (21 de diciembre de 1813), donde debido a la traición muchos sublevados resultaron apresados. Entre los condenados destácase nuestro “padre indio”, fundador de la Universidad de León, el doctor y presbítero Tomás Ruiz, (quien fuese condenado originalmente a pena de muerte).
Una de las causas de la independencia fue sin lugar a dudas la torpeza de Fernando VII. Frances Kinloch explica: “En 1820 organizó una gran expedición militar para aplastar a los insurgente americanos. Para su sorpresa, muchos oficiales del propio Ejército español liderados por el coronel Rafael del Riego, se rebelaron y lo obligaron a obedecer la Constitución promulgada en Cádiz.
Como resultado, las autoridades españolas se vieron forzadas a permitir la libertad de prensa. En este contexto aparecieron en Guatemala los periódicos El Amigo de la Patria y el Editor Constitucional, dirigidos por José Cecilio del Valle y Pedro Molina, cuyas páginas reflejan “la maduración del sentido de identidad americana”.
Precipitó los acontecimientos lo ocurrido en México el 24 de febrero de 1821 cuando se declara la independencia del Virreinato de Nueva España en base al plan que se conoce como “Plan de Iguala”. Habiendo llegado el 14 de septiembre de ese mismo año las noticias a Guatemala, la Diputación Provincia decidió convocar una Junta de Notables. Como lo dice Chester Zelaya: “La mayoría de los invitados llegaron a esa reunión sin saber lo que iban a hacer ni la actitud que iban a tomar”.
José Cecilio de Valle se pronunció por aplazar la independencia, pero Miguel Larreynaga, Mariano Gálvez y el padre Delgado se pronunciaron abierta y definitivamente por la independencia. Fue Del Valle quien redactara el acta, la cual no tiene la luminosidad de la Carta de Filadelfia (fue un documento de compromiso). El magno documento se caracteriza por cierto conservatismo y timidez. Zelaya reafirma: “Es interesante observar que la palabra “libertad” no aparece mencionada ni una sola vez en toda la extensión del texto”.
Obvios son los valores positivos que prometía y traería la independencia, pero José Coronel Urtecho agrega: “Súbitamente se dejaba a los pueblos librados a su instinto”. No es menos cierto que un cambio radical había ocurrido y todos esperaban que era para bien de la humanidad. Salomón de la Selva resume:
“La independencia fue para que hubiera pueblo/ y no mugrosa plebe: /hombres, no borregos de desfile; /para que hubiese ciudadanos; /”.
El autor es abogado.