En una esquina del parque San Matías, Granada está una casa roja esquinera, un coche azul Honda, amigos en el corredor y gallos de pelea en el fondo del patio. Ahí vive Roniel Raudes, el nicaragüense que este año tuvo un desarrollo inminente en las Ligas Menores con los Medias Rojas de Boston.
No siempre su vida fue fácil, masticó lo duro de la realidad, vivió en una pequeña casa durante casi toda su juventud donde solo alcanzaba el amor de sus padres y las esperanzas de que algún día todo cambiara. “Cuando me pagaron mi bono de 250,000 dólares, lo primero que hice fue comprar esta casa y amueblarla”, recuerda Raudes.
El joven de 17 años proveniente de un linaje de deportistas tiene en su interior una pasión por el beisbol de una magnitud insospechada. Este año Raudes consiguió cuatro victorias y tres derrotas en República Dominicana, con 3.52 en efectividad con 63 ponches en 53.2 entradas lanzadas. Sin embargo, cuando fue enviado a Estados Unidos, a la Liga Rookie, ganó tres partidos sin derrotas con 0.90 de efectividad en 20 episodios, además que una de esas victorias ayudó a la coronación de su equipo.
SU INFANCIA
“Recuerdo en una ocasión cuando Raudes se había portado mal yo lo castigué, y como era fácil saber lo que más le gustaba, le dije que no iría a jugar beisbol al multiestadio aquí en Granada, entonces él de bandido agarró las almohadas y las puso por debajo de la sábana para que creyera que estaba dormido, pero lo que pasó realmente fue que se escapó saltándose el muro”, rememora entre risas la mamá de Roniel, María Auxiliadora Meza.
Ese mismo día María se fue a buscar a su hijo, lo encontró jugando y lanzando un partido importante. “Estaba ganando. Y tenía una carita cuando me vio, que me dio lástima sacarlo”, indicó su mamá. Así fue la infancia de Raudes, travieso, un niño que no pretendía alcanzar lujos, pero él cuenta que nunca le faltó la comida. “Mi papá Manuel Raudes desde su trabajo como vigilante y mamá empacando puros nos dieron las cosas básicas”, relata.
REPÚBLICA DOMINICANA
El año pasado que firman a Roniel, se imaginaba que era un nuevo comienzo, de aquellos donde el ser humano se entrega como los Aztecas en su imperio, hasta el sacrificio. Su tío, un lanzador nicaragüense que ha dejado un gran legado, Julio César Raudez lo había ya advertido, pero más allá de todas las señales, el joven granadino, delgado pero con inteligencia en sus picheos, tenía que ser más de lo que pretendía para sobreponerse al mejor talento latinoamericano.
“Ahí es bien duro, desde la levantada a las 5:45 a.m. para empezar a entrenar. El que quiere progresar entrena sin quejarse y se entrega por completo, eso fue exactamente lo que hice. Un día me mandaron a llamar para ir a Estados Unidos y lloré como un niño, ya había cumplido mi primera meta”, agregó.
EE. UU.
En los Estados Unidos todo fue diferente para Roniel. Primero porque ya no dormía en literas, sino en hoteles, y la razón fundamental, porque estaba un paso más cerca a la meta de todo beisbolista: llegar a las Grandes Ligas.
“Yo tenía una ventaja y es que tengo cinco lanzamientos de buena calidad. Mi recta que ha llegado a las 94 millas, pero 92 es sostenida, tengo curva, sinker, cambio y slider. Puedo tirar a la que le llaman el tenedor pero no me dejan.
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