Nadie esperaba que una película sobre strippers masculinos se convirtiera en un éxito de taquilla, pero fue eso exactamente lo que sucedió en el 2013, cuando el director Stephen Soderbergh sorprendió con Magic Mike . La modesta producción apenas costó 7 millones de dólares, y recaudó más de 100 millones en taquilla, solo en Estados Unidos. Con esos números, era de esperarse que apareciera una secuela. Tres años más tarde, tenemos nuevamente a Channing Tatum desplegando su masculinidad por la pasarela. Todavía tiene los músculos y el ritmo, pero el sentido de propósito se ha perdido.
Mike (Tatum) ha hecho realidad su sueño de convertirse en empresario del diseño de muebles, pero el peso de la rutina ha opacado el brillo de su aspiración emprendedora. Por eso, cuando los “Reyes de Tampa” pasan por el pueblo camino a una convención de strippers, decide reunirse a ellos para un último show.
Suena como una pobre excusa para una secuela, y lo es. La película tarda en arrancar, tratando infructuosamente de darle sustancia a su premisa, y justificando torpemente algunos cambios impuestos por una indefinible mezcla de decisiones contractuales y creativas (Matthew McConaughey, Alex Pettyfer y Cody Horn brillan por su ausencia). Después de lanzarse desnudo a una piscina, Ritchie (Joe Manganiello) explica que Dallas y “el Chico” abandonaron a la tropa para irse a montar un espectáculo en Europa. Mike confiesa desconsolado cómo su novia salió huyendo cuando le mostró un anillo de compromiso. Sí, seguro.
La película adquiere momentum y razón de ser cuando encuentra a dos personajes femeninos: Roma (Jada Pinkett Smith) es la dueña y animadora de un club donde las mujeres se divierten como receptoras de acrobáticos “bailes de regazo”. Nancy (Andie McDowell) es una sexy matrona sureña, dispensando hospitalidad y franqueza a los machos inseguros. Paris (Elizabeth Banks) es la productora de la convención. Las tres proveen ayuda material y espiritual para que los muchachos triunfen, pero también abren la puerta a las ideas más inquietantes del filme. Las mujeres revierten la dinámica de poder tradicional en el cine y la TV, a la vez que ofrecen retratos de feminidad madura, fuerte, sensual y sexual. Si la primera película ofrecía una velada crítica a la dificultad de ascender socialmente en la sociedad capitalista, la segunda coquetea con pintar una utopía donde las mujeres son capaces de mirar a los hombres con los ojos del deseo, sin que esto suponga una humillación para el objeto de su atención. Si la película se hubiera concentrado en ellas, habría sido un producto superior.
Pero Magic Mike XXL prefiere dispersar su atención en subtramas de poco interés, como el pretendido romance entre Mike y Zoe (Amber Heard), una joven fotógrafa que ha perdido la confianza en sí misma. La ansiedad existencial de los bailarines ante la vida después del escenario aporta algo de drama, pero se siente como una repetición del dilema de Mike en la primera película. Más efectiva es la cualidad jubilosa de los números musicales. Gregory Jacobs, asistente de dirección de Soderbergh de vieja data, hereda la silla del director y se luce en las secuencias que registran los bailes de Mike y sus amigos. En ellas, brilla el ingrediente que permanece más fresco en esta inesperada franquicia: la ironía que infunden en el morbo de las rutinas de baile erótico. Contra toda apariencia, Magic Mike XXL no es una provocación amarillista, sino una celebración del artista y el impulso por interpretar. El único ajuste que debe hacer es aceptar que el artista en cuestión es un bailarín desnudista.
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