Una familia del norte nicaragüense de origen humilde demuestra que el trabajo honrado, solidaridad y perseverancia son los ingredientes básicos que ayudan a cumplir metas cuando se quiere; máxime si hay un país como Costa Rica, que a pesar de sus bemoles, abre oportunidades.
Una mejor vida ha sido posible para Rogelio Molinares, su esposa Josefa Torres, hijos, nueras y nietos; desde que todos, uno a uno, decidieron emigrar a Costa Rica después que el huracán Mitch los dejó en extrema pobreza en El Bonete de San Dionisio, Mataglapa.
La familia Molinares Torres ha logrado estabilidad en Costa Rica, con casi todos sus miembros documentación legal al día, pequeños negocios de pulpería y algunos con casa propia; un completo éxito aún viviendo en La Carpio, una comunidad de inmigrantes que con el tiempo ya no es tan marginal, aunque a veces con una vida informal e insegura.
Una historia anónima y quizá de poco interés para aquellos que gustan de los grandes éxitos empresariales, aunque esta lo es a mínima escala.
Don Rogelio recuerda que después del Micth, en 1998, la familia quedó más empobrecida y endeudada, abasteciendo sus necesidades básicas como alimentarse con ayuda de Cáritas Nicaragua.
“Toda la vida nos habíamos dedicado a la agricultura, Mi padre nunca nos dio estudio por la pobreza. Cultivábamos granos básicos al espeque en unas laderas y con el huracán todo se perdió. Quedamos traumados de los derrumbes por tanta lluvia y la agricultura se perdió. Desde ahí solo deudas y deudas, el zapato apretaba y la curiosidad de venir a Costa Rica nos despertó”, recuerda este señor de 67 años, de tez Morena.
En medio de las dificultades, su hijo José Ángel, con apenas 19 años, llevó antes del 2000 a probar fortuna en Costa Rica. “Me vine con un primo sin conocer. Solo busqué La Carpio porque aquí había conocidos, quienes me ayudaron.
Estuve como tres meses trabajando en construcción y luego vendiendo helados en carritos por las calles. Me hizo falta la familia y me fui”, recuerda José Ángel, el pilar por el cual la familia empezó a construir lo que hoy poseen.
Regresó con su pareja e hijos en 2001, siempre a vender helados, pero esta vez alquilando habitación en San José. A los 8 meses logró comprar un ranchito en La Carpio en 300 mil colones (al cambio de hoy cerca de 600 dólares), donde vivió varios años hasta comprar una casa en la misma ciudadela.

Con cierta estabilidad ayudó en la llegada de su padre y dos hermanos, quienes también trabajaron vendiendo helados por las calles de San José. Ellos colaboraron para traer a su madre y al resto de los 9 hijos que Rogelio y Josefa tienen en Costa Rica.
Al menos tres de sus hijos tienen casa propia en La Carpio y tres pulperías. Rogelio y Josefa la adquirieron hace 2 meses, como el fruto del esfuerzo colectivo de 4 años, vendiendo helados y ahora ropa.
“Somos unidos. Nos ha ayudado esa solidaridad de suplir entre todos lo que el otro de la familia no tiene, para poder salir adelante”, dice José Ángel.
“Tampoco tenemos vicios. El único vicio nuestro es la comida, por eso es que nos ve gorditos”, cuenta entre risas Mario, el mayor de los hijos de los Molinares Torres.
La casa de los padres Molinares Torres les costó más de 20 mil dólares, toda una fortuna tomando en cuenta que laboran en el comercio informal. Con ayuda del Servicio Jesuita para Migrantes (SJM), 17 miembros de la familia han obtenido cédulas de residencias, otra gran fortuna invertida tomando en cuenta que los altos costos por obtener una cédula de residencia cuando se aplica por vínculos consanguíneos, tienen un costo promedio de 500 dólares cada una.
El primero en obtener una residencia legal fue José Ángel, derecho ganado con una hija nacida en Costa Rica. Luego ayudó a sacarla a sus padres, sus hermanos menores. Otros también la obtuvieron por hijos nacidos en Costa Rica.
“Lo más importante al conocer la historia de vida de la familia Molinares Torres, es la oportunidad que nos propone para comprender que tenemos derecho a migrar cuando nuestra supervivencia y la de nuestros familiares están en juego, pero que también debiésemos demandar el derecho a no migrar”, señala Karina Fonseca, directora del SJM.
“Nos urge entender que la inmensa mayoría de personas que migran en busca de trabajo son solidarias, aportan en sus comunidades y están al pendiente del bienestar de sus familias. Cuando tienen la posibilidad, hacen un esfuerzo descomunal por lograr un estatus migratorio en regla, aún y cuando deban someterse a múltiples sacrificios económicos”, añadió.
El sacrificio económico de obtener una cédula de residencia se recompensa con la libertad de vivir en un país de oportunidades, según don Rogelio. “Ha sido duro, a veces hemos tenido que quedar sin comprar nuestra ropa para gastar en los trámites. De no ser con la ayuda del Servicio Jesuita hubiéramos gastado más en los papeles. Pero ahora uno se siente libre, sabiendo que uno tiene derechos, no temer que en cualquier lado que la policía te detenga a pedir documentos”, reconoce Rogelio.
“Costa Rica significa mucho para nosotros. Un país democrático y eso da para tener oportunidades, luchar y tener una vida digna”, añade.