Las figuras y significados en la vida de Rubén Darío de sus padres de crianza, el coronel Félix Ramírez Madregil y su esposa, la matrona leonesa Bernarda Sarmiento Mayorga, además de brindar pistas para entender la personalidad de Darío, merecen ser reconocidos cuando conmemoramos la vida y obra de nuestro poeta.
Amor, protección y estímulo intelectual recibe el niño Félix Rubén de quienes durante su infancia él conoce como sus padres; son su impronta y anclas sicológicas. Por el coronel es bautizado Félix, y el niño se firma Félix Rubén Ramírez. En su autobiografía, Darío expresa un homenaje a su padre de crianza: “La paternidad única es la costumbre del cariño y del cuidado. El que sufre, lucha y se desvela por un niño, aunque no lo haya engendrado, ese es su padre”. Lo que es a la vez un claro reproche a su padre genético y legal, Manuel García: “No sé por qué, siempre tuve un desapego, una vaga inquietud separadora, con mi tío Manuel. La voz de la sangre… ¡qué plácida patraña romántica!
Como se sabe, el matrimonio de Manuel García y Rosa Sarmiento Alemán, parientes entre sí, y padres de Rubén, lo fue de conveniencia familiar y nunca funcionó.
Mama Bernarda y el coronel Ramírez, fueron también padres de crianza de Rosa. Bernarda crió a Rosa, al quedar esta huérfana de madre al nacer y poco después de su padre, Ignacio Sarmiento, hermano de Bernarda.
Ante las desavenencias conyugales, Rosa regresa a vivir en su hogar materno. A la Universidad de León llegan estudiantes de toda Centroamérica, quienes rentan habitaciones en casas leonesas. Mama Bernarda tiene de inquilino a Juan Benito Soriano, estudiante hondureño. Un buen día, Rosa escapa con Soriano hacia Honduras. El suceso habrá causado conmoción en la tradicional sociedad leonesa del siglo XIX, por tratarse de una muchacha de buena familia, casada y con hijo.
El coronel Ramírez y mama Bernarda solicitan a Rosa la crianza del niño, quien es traído de San Marcos de Colón hacia León y criado por ellos con reconocido afecto. El coronel es su figura paternal y cariñosa, de su mano conoce las delicias de la vida provinciana: “aprendí pocos años más tarde a andar a caballo, conocí el hielo, los cuentos pintados para niños, las manzanas de California y el champaña de Francia. Dios le haya dado un buen sitio en alguno de sus paraísos”.
Con mama Bernarda recibió el cariño materno y cuidado para su educación. En la casa se realizan tertulias políticas y artísticas: “La señora me acariciaba en su regazo. La conversación y la noche cerraban mis párpados. Pasaba el vendedor de arena… Me iba deslizando. Quedaba dormido sobre el ruedo de la maternal falda, como un gozquejo”.
Crece pues, en un medio que lo pone en contacto con personalidades de la época y con buen estímulo intelectual. Bien es verdad que al morir el coronel, y enfrentar dificultades económicas, Bernarda, como buena madre, piensa de manera práctica en que el niño aprenda el oficio de sastre, pero no por ello deja de estimularle la vida intelectual. Rubén es su orgullo.
Rubén llegará a enterarse de quien es su madre biológica de una forma que a cualquier niño impactaría. Cierto día, una vecina lo llama y señalando a una desconocida le dice: “Esta es tu verdadera madre”. Visión fugaz que desaparece y deja perplejo al niño.
Quizá estos hechos pueden darnos pistas para entender algunos de los conflictos sicológicos que manifiesta Darío a lo largo de su vida: melancolía, ansiedades, desesperanzas, fobias.
“Ser y no saber nada”.
El autor es sociólogo.