¿Cuánto cuesta una vida? Esa pregunta merece una respuesta necesariamente cualitativa porque hablamos de la dignidad de la persona misma.
Lamentablemente, para algunas multinacionales como Planned Parenthood la respuesta es sencilla: 1,500 dólares en los primeros tres meses y el precio baja mientras se acerca a los seis meses. Así se tasa la vida humana para estas organizaciones, que ahora han descubierto otra mina de oro al vender órganos y tejidos de los bebés abortados. Esta poderosísima organización recibe fondos principalmente de la venta de abortos y contraceptivos.
Recientemente Planned Parenthood volvió a ser noticia por la difusión de un video donde la encargada de servicios médicos de esa organización, Deborah Nucatola, cuenta con detalle qué pasa con algunos de los cientos de miles de bebés abortados, incluso muchos de seis meses de gestación. La respuesta es sencilla: los venden en partes.
Desde un formulario en línea se pueden ordenar corazoncitos, pulmoncitos y hasta extremidades de los bebés que fueron abortados en la vasta cantidad de clínicas abortivas de sus afiliadas.
Mientras en los Estados Unidos esta noticia merece la denuncia de gobernadores en más de cinco estados y la demanda por quitar fondos federales a esa organización por parte de senadores americanos, me pregunto: ¿y en qué afecta esto a Nicaragua?
Planned Parenthood tiene en Nicaragua como organismo afiliado a Profamilia, como consta en su sitio electrónico y utiliza la misma mampara que en todos los demás países donde el aborto está penalizado —en mercado potencial podría decir alguien—. Es decir consiguiendo los potenciales clientes, a través de un adoctrinamiento sobre el derecho a decidir y las “asesorías” a mujeres sobre sus “derechos reproductivos”.
Cuando de vez en vez se pone de moda hacer campañas por el maltrato animal, una causa muy laudable por cierto, y por la conservación del medioambiente, surge la cuestión de cuánto estamos a hacer por la defensa de lo más esencial: la vida humana.
La legislación nicaragüense respalda esta acertada visión y no es lejano el recuerdo de las palabras de doña Rosario Murillo, con ocasión de la derogación del aborto terapéutico: “Somos enfáticos: No al aborto, sí a la vida”. Palabras que movieron el piso a organizaciones multilaterales y hasta a representantes diplomáticos acreditados en nuestro país, pero que recogen la expresión de la protección de la vida como valor fundamental de la sociedad nicaragüense.
Los defensores del aborto venden una causa indefendible: matar por dinero. Algunos no tienen reparos en adulterar estadísticas que muestran que los embarazos por violación son casi más frecuentes que las colisiones vehiculares en Managua, esto con tal de querer convencer de la “necesidad” del aborto llamado terapéutico. Este último nada tiene de terapéutico porque en una terapia se devuelve la salud al convaleciente, no se aniquila al inocente. No hay tal aborto terapéutico, matar es matar.
En un contexto donde las elecciones presidenciales están en un horizonte cercano vale la pena preguntarse: ¿Jugará un rol relevante la inclusión del aborto en la agenda de algún candidato a la Presidencia? Es nuestra responsabilidad el conservar este tesoro de la defensa de la vida desde la concepción y garantizar que no se altere el núcleo de la dignidad de la persona.
El autor es consultor en Educación
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A