Lo único que podía opacar el celeste brillante del cielo en Punta Ahmiar, Marruecos, era el azul intenso del mar. Los rayos del sol creaban pequeños destellos de luz en las olas agitadas que se mecían al compás del viento. Ahí, entre la marea incesante nadaba Constantino Lacayo Chamorro. Siete horas y 21 kilómetros antes había partido de isla Tarifa en España. Así, el 26 de julio de 2015, se convertía en el primer nicaragüense en cruzar nadando el Estrecho de Gibraltar.
Ernest Hemingway nadaba para confrontar sus demonios literarios. Franz Kafka lo hacía para dejar de avergonzarse de su cuerpo y seguir alimentando su misterio y soledad; Michael Phelps nada porque simplemente es algo que ama. Según Lacayo, cuando él lo hace está “en su elemento” y es cuando más cerca se siente de Dios.
Ya se le veía cansado. Braceaba con todas sus fuerzas para llegar. Su cabeza cubierta por un gorro naranja y sus brazos apenas sobresalen en la superficie. Está a punto de tocar una roca. Beeeep, suena un silbato. Es oficial. Ha cruzado el Estrecho de Gibraltar, es la persona número 499 en el mundo y la número 1 en Nicaragua. “Bien, Tino. Ya lo tienes”, le gritaban desde el bote que lo acompañó durante toda la trayectoria. Casi a lo inmediato se escucha un “¡Arriba Nicaragua!” “El haber logrado este cruce y poder poner el nombre de Nicaragua en alto me llena de orgullo”, afirma Lacayo.
Constantino José Lacayo Chamorro nació el 13 de mayo de 1973 en Managua, Nicaragua, es hijo de padres nicaragüenses; sin embargo, desde muy joven fue a vivir a México. Estudió y vivió cinco años en los Estados Unidos, es ingeniero industrial, tiene dos maestrías y un día pensó que podría ser un buen nadador. Comenzó proponiéndose un objetivo en el 2012: hacer un triatlón olímpico. “En algún momento de mi vida yo veía a esos deportistas como unos grandes atletas y me pregunté si eso sería posible de hacer. Y me dije ‘quiero hacer un triatlón’”. Así empezó todo.

El triatlón es una carrera que se realiza en tres categorías: nadando, corriendo y en bicicleta. Luego de haber logrado el reto, de las tres pruebas la que le gustó más fue nadar. Empezó a practicar más y a participar en eventos de natación. Para ese entonces ya conocía a quien hoy es su entrenador, Fernando Urrutia. Cuando Constantino culminó el triatlón justamente Urrutia acababa de regresar de cruzar el Estrecho de Gibraltar “y me entusiasmó poder hacer algo de esa naturaleza”, asegura el nicaragüense. El Estrecho de Gibraltar es una barrera entre España y Marruecos; entre Europa y África, y entre el mar Mediterráneo y el océano Atlántico.
La reacción de su familia al enterarse del próximo reto que ya se había propuesto emprender fue de sorpresa, preocupación e incertidumbre. “Recuerdo, al primero que le platiqué de mi idea fue a mi padre y justo cuando se lo platiqué él estaba tomando agua y casi se me ahoga de la impresión. Mis hijos Paulina, de 11 años, y Constantino, de 7, lo primero que me dijeron es si todos haríamos el viaje a España y que eso estaba increíble. Mi mamá y mi esposa se preocuparon mucho en un inicio, por una parte por mi edad, ya que lo estaría haciendo cuando tuviera 45 años y por otro lado, se preocuparon cuando leyeron sobre los riesgos que hay para un nadador al cruzar el Estrecho de Gibraltar: hipotermia, náuseas, corrientes, cruce de buques cargueros, etc”, cuenta Lacayo. Constantino ha estado casado durante 11 años con su esposa Ximena, de origen colombiano.
Cuando tocó la roca de llegada en Punta Ahmiar, Marruecos, inmediatamente sonó el silbato del representante de la Asociación de Cruce a Nado del Estrecho de Gibraltar. “Lo primero que escuché fue a todos los que iban conmigo gritar de alegría ‘lo tienes’, ‘bien’ y un muy emotivo ‘¡Arriba Nicaragua!’ que me llenó de orgullo. Recuerdo que había mucho oleaje y donde toqué tierra fue en una zona de piedras, en el primer punto que toqué no podía apoyarme bien por el oleaje, así que me moví unos metros, apoyé mi cabeza y mi cuerpo en la piedra y di gracias a Dios de haberlo terminado con un gran sentimiento de emoción, felicidad y hasta de alivio”, recuerda Lacayo. Cuando se acercó a la lancha en la que estaba su entrenador ya ni siquiera tenía fuerzas para subir. Pidió una bebida para hidratarse y quitarse el sabor de agua salada de la boca.

Unas horas antes, mientras nadaba, había puesto su cuerpo en control remoto y se dejó ir y aunque braceaba y nadaba, su mente se iba hacia otro lado: donde sus hijos, su esposa y las personas a las que quiere. “Hablé mucho con Dios. Algo que hago en todas las competencias es pedirle a Dios que nade a mi lado, en la gente que quiero. Siempre cosas positivas que me animen y me permitan continuar”, dice. Pensaba en esos instantes felices que “te hacen el día”: cada momento que puede estar con su esposa e hijos, cuando su hijo llega de sorpresa y le da un beso, cuando su esposa le envía un mensaje para decirle que lo ama, es lo que lo hace feliz.
Durante el cruce, dos embarcaciones lo acompañaron en todo momento, una marcando la ruta a seguir, en la que se encontraba su papá atento de su avance e informando a su madre y esposa todo el tiempo. “Una segunda embarcación estaba a mi lado en todo momento y se encargaba de mi seguridad, de la hidratación y alimentación y en la que estaba mi entrenador y el equipo de soporte que venía conmigo”, recuerda.
El entrenamiento fue duro. “Durante dos años nadé en alberca de 16 a 20 horas semanales. Participé en competencias previas de aguas abiertas empezando con pruebas de 2.5 kilómetros, luego de 5 y 10 y finalmente en los últimos dos meses incrementé la resistencia de nado, una hora por semana, empezando en cuatro horas y llegando a soportar hasta siete horas y media, en las que nadé empezando 10 kilómetros y llegando hasta los 21”, afirma el nadador.
Y por fin el momento llegó. El 26 de julio se reunieron a las 6:30 de la mañana, por parte de la asociación y el capitán del barco le informaron que el clima en esos momentos era adecuado, pero que enfrentaría condiciones climáticas hostiles “al levante”, marcadas por un oleaje y vientos fuertes y mucha corriente y esto ocurriría antes de llegar a la mitad del Estrecho, por lo que no recomendaban hacer el intento ese día. “Después de analizarlo con mi entrenador Fernando Urrutia Valencia, su hermano Alberto Urrutia y mi padre decidimos hacer el intento”, relata Lacayo.
Ya estaba listo. Quería saltar al agua lo antes posible y empezar a nadar. Le dieron la señal. Lo primero que hizo fue mirar a su padre. “Recuerdo que su mirada me tranquilizó. Me transmitió la seguridad que tenía él de que yo lo lograría. Mi padre estaba más seguro que yo mismo de que lo lograría”, reflexiona Lacayo.
Saltó. La temperatura del agua era de 17.5 grados centígrados. Durante unos segundos estabilizó su respiración. Nadó hasta la orilla del lado español de la isla Tarifa y tocó superficie rocosa. El silbato sonó por primera vez. El cruce por fin había iniciado. El momento para el que se preparó durante dos años por fin había llegado. Nadó y nadó. Siete horas, seis minutos y 21 kilómetros después el silbato sonó por última vez.
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