Aún si es loable el esfuerzo de los bomberos, Cruz Roja, voluntarios y organismos gubernamentales y de la sociedad civil en educar a la población en casos de emergencias, el problema principal no lo hemos resuelto y caemos en lo mismo: sobrevivir a la emergencia. Y sobrevivimos mal.
El último enjambre de temblores a causa de las familias de fallas que tenemos y que empezó este martes en Managua, nos confirma una vez más que no hemos aprendido la lección. Vivimos al día, tomando medidas de “proteger” a la población, cerrando inmediatamente las escuelas y centros universitarios. Así los padres pueden estar tranquilos, al lado de sus familiares y de sus viejitos. Todos juntos para afrontar el peligro. Así pasó el año pasado con el terremoto de Mateare del 10 de abril donde las escuelas fueron cerradas por tres semanas. ¿Se resolvió algo desde el punto de vista de las estructuras de los centros escolares? ¿Tenemos una población estudiantil mejor preparada? Creo que no.
De nuevo pasa lo mismo: cierre de las escuelas y universidades por motivos de seguridad. ¿No sería mejor crear estructuras adecuadas en una ciudad como la nuestra construida de manera desmedida y sin una planificación urbanística en un territorio tan vulnerable? ¿Y qué pasa con la educación?
Si cada vez que hay amenazas de riesgo —en este caso sísmico— cerramos los centros educativos, seguiremos reproduciendo el ciclo de la pobreza porque la ignorancia no es la mejor salida de un país vulnerable. Un enjambre sísmico como el que estamos viviendo no tiene pronósticos ni fechas de inicio ni final. Está demás crearse la ilusión que por cerrar las escuelas evitamos consecuencias catastróficas ya que estas pueden llegar cuando menos lo pensamos. Es solo la preparación que reduce la vulnerabilidad de un país.
Para dar un ejemplo, el 6 de abril del 2009 hubo un terremoto de magnitud 6.3 de la escala Richter en la ciudad de Aquila (Italia) que devastó la ciudad y pueblos cercanos que provocó más de trescientas víctimas. El enjambre sísmico había empezado desde el 17 de enero y continuó por tres meses sucesivos. Hubo momentos que ocurrían veinticinco pequeños temblores al día. Los últimos seis días antes del terremoto, los temblores se agudizaron y la población esperaba una ayuda que no fue lo suficiente para evitar tanta tragedia.
Las catástrofes y muertes suceden no tanto por la inclemencia de la naturaleza, sino por la inclemencia del hombre hacia la naturaleza, por su poca capacidad de crear condiciones ambientales de convivencia con la naturaleza de quien somos sus huéspedes y que nos permite vivir.
La autora es doctora en Psicología Clínica, miembro de SIPEM-Lacio (Sociedad Italiana Psicólogos de Emergencia).
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