El 19 de julio de 1979 cayó sobre Nicaragua el telón de la noche oscura, como acertadamente la denominó San Juan Pablo II. Una noche que todavía perdura y que cada vez se hace más impenetrable. Lo que se suponía que marcaría el comienzo de la liberación de Nicaragua fue el inicio de una gran mentira: el remedio resultó peor que la enfermedad. Ese día la población incauta se desbordó en la plaza principal de Managua para recibir a los victoriosos nueve comandantes, que llegaban desde su santuario guanacasteco con sus uniformes nuevos y relucientes para montar la tragicomedia más cruel en la historia de la patria. La misma Plaza de la República cambió de denominación y cedió simbólicamente su nombre a Plaza de la Revolución. Nicaragua dejaba de ser República y se encaminaba ominosamente por el sendero de un incipiente pero inconfundible autoritarismo que dura ya 36 años
El “triunfo” de los rojinegros fue el resultado de una intromisión insólita de países como Costa Rica, México, Venezuela, Panamá, Cuba y sobre todo Estados Unidos, “enemigos de la humanidad”, según reza el himno sandinista. Lo imperdonable es que la OEA, en su XVII Reunión de Consulta, se prestó a la manipulación orquestada por la Casa Blanca y contra todas las normas del derecho internacional —especialmente el principio de no injerencia en los asuntos internos de otros países— conminó abusivamente al gobierno de Somoza a abandonar el poder. El director de orquesta fue el siniestro y neocolonialista presidente James Carter, que meses antes, con su irrealista y absurda política de derechos humanos, había destronado al Sha de Irán, Mohamed Reza Palevi, el más fiel y progresista aliado de los EE.UU. en Oriente Medio, y permitió la instalación de los medievales e intransigentes ayatolás, lo que dio inicio a la crisis del petróleo y a la dictadura de la OPEP, que todavía perdura.
Pero ¿qué podía esperarse de unos guerrilleros indoctrinados en La Habana, Moscú, Praga, Berlín y otras ciudades dominadas por el marxismo leninismo? Solo los incautos podían creer en las patrañas de quienes, veinte años antes en 1959, habían hecho su ingreso a la capital cubana luciendo rosarios y medallas de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de la Perla de las Antillas. El sufrido pueblo cubano lleva ya 56 años de padecer la más oprobiosa dictadura y, como premio al “buen comportamiento” de Fidel, el presidente Obama acaba de levantar el castigo al binomio gobernante al restablecer relaciones diplomáticas con la dictadura más longeva y cruenta del mundo a cambio de nada. Así premia el diablo a quien bien le sirve
Los marxistas son sumamente hábiles para maquillar la realidad de los hechos. El FSLN, cuyos jefes máximos gozaban de la seguridad que les brindaba el santuario de Guanacaste y la ayuda que interesadamente les proporcionaba el presidente Rodrigo Carazo Odio, nunca pudieron penetrar más allá de la frontera de Peñas Blancas. La Guardia Nacional de Somoza les propinó duros golpes que obligaron a los sandinistas a huir en desbandada hacia Masaya, lo que ahora, en la jerga rojinegra, se celebra cada año como “repliegue táctico” para engañar a los bobos. Extraña manera de festejar una derrota El tristemente célebre Tratado Chamorro-Bryan de 1914, abrogado por Somoza en 1971, aparece como “peccata minuta” al lado de la incalificable entrega de la soberanía y el territorio de la patria a la pandilla de aventureros encabezada por el supuesto inversionista Wang Jing, nuevo amo de Nicaragua durante los próximos cien años gracias al “patriotismo” de Ortega.
El Estado de Derecho yace en su lecho terminal ante la increíble sumisión de los poderes del Estado a la omnímoda voluntad del binomio presidencial, en tanto que los mal llamados padres de la patria se comportan como verdaderos hijos de dominio ante los diktats del pueblo presidente. Quienes entraron en 1979 con una mano adelante y la otra atrás figuran hoy, increíblemente, entre los 209 archimillonarios criollos, en un país que ocupa vergonzosamente el segundo lugar entre los más pobres de América Latina, solo superado por el paupérrimo Haití.
El autor es diplomático, fue embajador de Nicaragua en Chile
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