Con su cacofónica y ampulosa arenga, la misma que híper satura el audio en la plaza, Rosario Murillo invita al pueblo a celebrar otro 19 de julio. Con el mismo cinismo con que la policía orteguista masacra inocentes y asiste al velorio, también anuncia entre otras invisibles maravillas: “un país bendecido y seguro”. Bajo la euforia del licor, de reencauchadas canciones y viejas consignas repetidas con frenesí talibán, la pobretería aplaudirá nuevamente los desvaríos del tirano.
Dos generaciones llevan esperando con porfiada esperanza “La Tierra Prometida”. Pero cristianamente son cada vez más pobres, mientras los jerarcas del partido se hacen cristianamente cada vez más ricos. La tarima cargada de árboles de lata, cuyos colores recuerdan sin gracia la escenografía de los Simpsons, es perfecta para la estrambótica parodia. Una celebración algo masoquista, que soslaya el sacrificio de cincuenta mil jóvenes, cuyas vidas fueron arrojadas con desprecio en los terribles engranajes del dogma comunista.
La mentira oficial y la sosegada idiotez que provoca en algunos la ortodoxia totalitaria, dirán que hay razones históricas para celebrar. Que el culpable de aquella calamidad en que se convirtió la revolución sandinista fue la “agresión imperialista” (sin muertos gringos). Apelarán a sus acostumbrados placebos, para intentar en vano aplacar sus conciencias, recitando tal vez la letanía de La Haya. Pero en el fondo, donde yace la verdad más dura e inmutable de toda esta hipocresía, es que no quedó ninguna.
Porque una gigantesca bocanada de muerte y destrucción asoló Nicaragua después del triunfo, borrando toda alegría, esperanza y libertad. Porque los líderes sandinistas desataron una guerra que pudieron impedir y que terminaron en la misma mesa donde debieron evitarla y que solamente la detuvieron, cuando vieron amenazados los mezquinos privilegios que el poder les brindó.
Daniel Ortega usa a Sandino para acumular su inmensa fortuna. Los militantes del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), que como Carlos Fonseca murieron antes de 1979, fueron la antítesis de la ostentación y el servilismo que groseramente practica su régimen. El fundador del Frente Sandinista, murió luchando precisamente contra los vicios somocistas que hoy multiplica a escala demencial su autoproclamado heredero: “El enriquecimiento ilícito, el empleo de parientes, el ascenso de los incapaces, el uso del terror y el fraude electoral”.
Ortega y su camarilla dicen honrar a los caídos retomando sus luchas, pero desde sus lujosos automóviles y mansiones, sus discursos hipócritas y sus pomposos arreglos florales, no solo los usurpan, sino además los profanan, porque entre los acaudalados demagogos de sus filas, no existe un solo equivalente moral de un Eduardo Contreras, una Arlen Siu o un Leonel Rugama.
Es peligroso construir ídolos, es más sano tener héroes. Hoy más que nunca nuestro país necesita del ejemplo de aquellos que nunca calcularon cuánto merecían por su entrega y que con su intelecto, quizás hubieran salvado a Nicaragua de la mayor tragedia de su historia. Necesitamos del arquetipo del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, que pudiendo vivir una vida llena de merecidos privilegios, prefirió arriesgarse y enfrentar al más oscuro de los terrores para defender a los marginados.
Es lo que las naciones libres hacen, acudir a la sabiduría y al patriotismo de sus antecesores. No permitamos que el miedo nos haga sufrir otra tiranía en silencio y con los dientes apretados. No es posible que un pueblo noble como el nicaragüense, se convierta por la ingesta diaria obligatoria, de una pócima perversa envenenada de dogmas políticos y religiosos, en una muchedumbre dócil al arbitrio de un déspota codicioso.
El autor es psicólogo.