Francisco, el papa latinoamericano, se encuentra en Ecuador y mañana viajará a Bolivia, para después concluir en Paraguay su segundo viaje pastoral a la América Latina.
Durante su papado, Francisco ha puesto un particular énfasis en su preocupación por la gente más pobre y necesitada de la Tierra, por las víctimas de la “cultura del descarte” como él mismo suele decirlo. Y ahora se encuentra en el Continente que, según las estadísticas de los organismos internacionales, es precisamente la región donde existe la mayor desigualdad económica y social de todo el planeta.
De acuerdo con un estudio del Banco Mundial titulado “Desigualdad en América Latina y el Caribe: ¿Ruptura con la historia?”, el 10 por ciento de los latinoamericanos y caribeños más ricos reciben entre el 40 y el 47 por ciento del ingreso total, pero el veinte por ciento más pobre solo obtiene entre el dos y el cuatro por ciento de la riqueza producida. “El atributo más característico de la desigualdad de los ingresos en América Latina es la concentración inusualmente alta del ingreso en el extremo superior”, se asegura en el informe mencionado.
Otro estudio, citado por la BBC y referido específicamente a México, indica que en este país 4 individuos súper millonarios: Carlos Slim, Germán Larrea, Alberto Bailleres y Ricardo Salinas, acaparan el nueve por ciento de todo el Producto Interno Bruto mexicano.
Pero la distribución o apropiación terriblemente injusta de la riqueza nacional, no ocurre solo en países de grandes economías, como México. Sucede en todos los países latinoamericanos, incluso en uno de tan pequeña economía y escasa productividad como es Nicaragua. Según datos recabados por el diputado Enrique Sáenz y publicados en la revista Confidencial, en Nicaragua hay 210 multimillonarios de los cuales treinta se agregaron en los últimos años del actual gobierno de Daniel Ortega. Sin embargo, las cifras oficiales, aún maquilladas, reconocen que más del cuarenta por ciento de los nicaragüenses viven o subsisten en la pobreza y la extrema pobreza.
Francisco repudia vigorosamente la gran desigualdad económica y la irritante injusticia social. Para solo mencionar uno de sus pronunciamientos al respecto, recordamos que en agosto del año pasado, al hablar ante la VI Jornada de la Juventud Asiática en Corea del Sur, el papa expresó que “Nos preocupa la creciente desigualdad en nuestras sociedades entre ricos y pobres. Vemos signos de idolatría de la riqueza, del poder y del placer, obtenidos a un precio altísimo para la vida de los hombres”.
Pero la desigualdad y la injusticia en América Latina y el Caribe no solo es económica y social. También es política y moral. En países como Nicaragua y dos de los que está visitando el papa Francisco, Ecuador y Bolivia, y en Cuba a donde irá en septiembre próximo, se suprime, limita y castiga la libertad de expresión, no hay elecciones libres, la justicia es parcializada y partidista, se discrimina a quienes no son partidarios del gobierno, los derechos humanos son violados groseramente, etc.
Esta desigualdad también ofende a Dios —quien dignificó a todas las personas con la libertad— y contra ella debería pronunciarse igualmente el papa Francisco.