¿Quién ha dicho que Latinoamérica ha hecho bien sus tareas? La desafiante pregunta la profirió hace poco Liliana Rojas, consultora del FMI. Según ella, los avances de la región en la última década, en que millones salieron de la pobreza gracias a los mejores precios de las materias primas, no son sostenibles. Razón: los gobiernos olvidaron mejorar lo más importante; la calidad de la educación. Esta es imprescindible para aumentar la productividad que es, a su vez, pilar del crecimiento sostenible.
El problema no ha sido la falta de voluntad. Especialistas como Gabriel Sánchez, autor del libro Educación 3.0. La batalla por el talento en América Latina, reconocen que se ha invertido más en el sector en los últimos diez años: del 4.3, al 5 por ciento del PIB —en Nicaragua del 2.3 al 4.57 por ciento—. El problema es que esto ha favorecido aumentos en cobertura o matriculas, pero nada más. En las pruebas internacionales sobre capacidades en matemáticas, ciencias y lectura, nuestros países han ocupado los últimos lugares. En muchos casos lo que se ha hecho es simplemente aumentar la cantidad de alumnos que casi no aprenden nada. “Los gobiernos de la región no han sabido administrar los recursos”, concluye.
Es importante, por tanto, examinar donde reside esa mala administración. Una de las razones mencionadas por Sánchez es que el grueso de los presupuestos se van en salarios: más del ochenta por ciento en Latinoamérica versus 52.6 por ciento en Finlandia, país campeón en calidad educativa. Esto implica que nos quedan muy pocos fondos para libros, aulas y tecnología, y que ante la falta de evaluaciones del desempeño docente, los aumentos salariales no estimulen suficientemente una mejor enseñanza.
En Nicaragua tenemos además de esos factores otro muy distorsionante: la cuota privilegiada que se otorga a la educación superior en contraste con los escuálidos fondos asignados a los otros subsistemas. Ningún país latinoamericano acusa un desequilibrio tan grande en la administración de su presupuesto educativo.
¿Qué puede hacerse al respecto? No hay repuestas fáciles. Mejorar la calidad de la educación en países tan pobres como Nicaragua es un desafío extraordinariamente complejo. Afirmar que hay que gastar el siete por ciento del PIB en educación o elevar los salarios de los maestros al nivel centroamericano, sin explicar cómo lograrlo y administrarlo son repuestas simplistas que no resuelven nada.
Un paso preliminar es lograr evaluar la calidad actual de los docentes y los aprendizajes. Hacerlo es la única forma de saber dónde estamos parados y descubrir si avanzamos. Así como los países no pueden medir la eficacia de sus políticas económicas sin estadísticas sobre ingreso nacional y per cápita, tampoco pueden medirse el resultado de sus políticas educativas sin indicadores objetivos de calidad. El problema aquí es la aversión a las evaluaciones que suelen exhibir los sindicatos magisteriales, como testimonian las violentas protestas de los maestros mejicanos, así como gobiernos poco transparentes.
Afortunadamente el escollo puede ser parcialmente superado si instituciones privadas asumen la tarea de realizar mediciones de calidad independientes, al igual que lo hacen en el sector económico.
Luego conviene un diálogo nacional que busque concientizar sobre el desafío que implica mejorar la calidad educativa y forje algunos consensos básicos sobre estrategias en el manejo de los recursos; un diálogo sin exclusiones o recriminaciones inútiles, que propicie un intercambio de propuestas constructivas. Urge. El futuro de nuestra niñez y nuestras perspectivas de nación penden en gran parte de ello.
El autor es sociólogo y fue ministro de educación.
[email protected]