Ningún fenómeno nuevo son las inundaciones de Managua. Acaso la más famosa de todas haya sido aquella que se volvió mítica, al menos para los viejos habitantes de la ciudad; ese aluvión al que se conoce con el nombre de “el cordonazo de San Francisco”, por haber ocurrido el 4 de octubre, día de ese santo, del año 1876. Nombre que por extensión alguna nostálgica gente todavía aplica a cualquier lluvia que caiga ese día.
Nada nuevo es tampoco el que medios de comunicación y la ciudadanía ruidosamente expresen su pesar y cólera ante las desgracias que, a consecuencia de las lluvias, actualmente están padeciendo numerosos pobladores. Sucede todos los años. Y nada nuevo estará ocurriendo si y cuando, pasada la presente temporada lluviosa, el tema cae en el olvido y se siguen cometiendo, por ignorancia, despreocupación, rapacidad o corrupción, los mismos graves errores. Hasta el año que viene, cuando renacerían
—¿renacerán?— los lamentos…
Cierto, la cuenca sur, ese trozo de territorio que, antes de verter en el Xolotlán las aguas de lluvia que le caen las obliga a pasar por la ciudad de Managua, tiene una pendiente aguda. Tan aguda que, en los aproximadamente 20 kilómetros que separan la ribera del lago, y El Crucero, la elevación del terreno aumenta unos 900 metros. Pero esto no es ninguna excusa, por el contrario, hace que sea más repudiable, y por ende sancionable, la conducta de ciertos personajes, en esencia funcionarios, tanto del ejecutivo central como del municipal, y sus socios, algunos voraces empresarios de la urbanización, la construcción y la agricultura, que, en beneficio personal, irracionalmente han arrasado la vegetación que la cubría.
El fatal resultado: las aguas, en su descendente movimiento hacia la ciudad, encuentran escasa resistencia al deslizamiento; por tanto las velocidades que alcanzan, y en consecuencia la fuerza con que impactan los obstáculos que encuentran en su camino; la rapidez con que grandes caudales se concentran y su capacidad de erosionar el suelo, aumentan considerablemente. Sobra decir que, tanto la erosión como la excesiva velocidad de las aguas, hacen que su infiltración hacia el subsuelo, que alimenta el acuífero, disminuya dramáticamente, otra pavorosa secuela.
Desde luego, sería un imperdonable populismo no hacer referencia al papel que una enorme cantidad de ciudadanos juegan en hacer aún más destructivas las consecuencias de las lluvias; me refiero al conocido hecho de que el débil sistema de drenaje de la ciudad tiene una limitación adicional para ejercer sus funciones, la cual consiste en que los decrépitos cauces que lo constituyen están convertidos en depósitos de todo tipo de basuras, incluyendo animales domésticos, entre los que no falta alguno que otro equino. Contra esto también hay que luchar.
La inescapable conclusión, si es que uno posa una mirada atenta sobre el doloroso panorama que ofrece nuestra Nicaragua: a pesar de su inmensa importancia, el problema de Managua es tan solo una de las múltiples pesadillas de las que los acosados nicaragüenses tendrán posibilidades realistas de despertar únicamente cuando erradiquen a la profundamente corrupta, increíblemente inepta, absolutamente inescrupulosa, dictadura familiar, y la sustituyan con un gobierno decente, capaz, y ansioso de servir a su país y sus compatriotas, presentes y futuros. Un gobierno que utilice los recursos nacionales en forma responsable, honrada e inteligente. Lo demás viene por añadidura.
El autor es presidente del partido de acción ciudadana.