El bombardeo de filmes promocionales para Terminator: Genesys me tenía preparado para lo peor. Me bajé de este tren hace tiempo, con Terminator 2: Judgement Day (James Cameron, 1991). Después de eso, aparecieron dos secuelas más — Terminator 3:Rise of the Machines (Jonathan Mostow, 2003) y Terminator: Salvation (McG, 2009), sé que vi esta última, pero no recuerdo nada de ella—. También hubo una serie de TV, Terminator: The Sarah Connor Chronicles (2008-2009), que corrió por dos temporadas.
Las paradojas de tiempo y espacio, intrínsecas a la premisa, se vuelven aún más maleables al quedar sometidas a los intereses detrás de cámaras. Al mejor estilo del Hombre Araña , la situación legal de la franquicia es la que dicta reformulaciones y universos paralelos. El dueño de turno quiere exprimir hasta el último centavo, antes de que los derechos pasen a otras manos. Terminator: Genesys es el primer capítulo de un nuevo ciclo, supuestamente bendecido por James Cameron. La buena noticia es que no tiene que estar al tanto de todos los subproductos para seguir la película, una especie de “remix” sobre la mitología básica, aderezada con un poco de paranoia del siglo XXI.
Terminator: Genesys arranca en el momento en el cual el líder de la resistencia humana, John Connor (Jason Clarke) envía a su subalterno Kyle Reese (Jai Courtney) a 1984, para proteger a su madre, Sarah Connor (Emilia Clarke). Justo cuando uno se acomoda a procesar un remake, aparecen giros que lo obligan a reevaluar lo que está viendo. No quiero entrar en mucho detalle, porque esta película se hace y deshace a punta de sus sorpresas y reversiones.
El mayor acierto del guion está en abrazar el pasado de la franquicia, en lugar de negarlo. Temprano en el metraje, tenemos una escena emblemática en la cual el actual Arnold Schwarzenegger parece enfrentarse contra sí mismo, a como era en 1984. La estampa del viejo peleando con su yo juvenil tiene una fuerte carga simbólica y emotiva. Los efectos especiales son impecables, haciendo que la ilusión sea poderosa y efectiva. De hecho, el director Alan Taylor, veterano de varias venerables series de TV, hace un buen trabajo a la hora de mantener la película en movimiento. Pero no puede disimular que en el fondo no tiene razón de ser. Es una acumulación de incidentes, que nunca supera al original. Por su contundencia, economía narrativa y visual, el primer Terminator sigue siendo imbatible. Y es la mejor película de Cameron. Si, es mejor que Titanic y Avatar .
La inclusión de Arnold Schwarzenegger remarca la ausencia de los demás actores originales. Emilia Clarke no tiene la ferocidad que Linda Hamilton infundió en el personaje. Jai Courtney no es Michael Biehn, y sigue planteando un enigma inescrutable: ¿por que Hollywood insiste en querer convertirlo en un héroe de taquilla? Desde A Good Day to Die Hard (2013), el lamentable episodio final de la franquicia de Bruce Willis, hasta sus poses de villano en Divergente (2014) / Insurgente (2015); su presencia es garantía de que la película no funcionará.
La invocación siniestra de las comunidades en línea y el teléfono celular como caballos de Troya es astuta, pero no basta para rellenar agujeros de trama cada vez más grande. La estocada final es una escena extra, sepultada en los créditos de cierre, que confirma nuestras peores sospechas. Nada nunca termina, si alguien está dispuesto a seguir pagando.
Paramount ya aprobó dos secuelas más, a producirse antes de que los derechos se reviertan a Cameron.
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