Se acercaban los días de vacaciones de Semana Santa y el capellán del colegio, padre Walter Lacayo, acababa de oficiar su Misa de ese día para los alumnos del penúltimo año de bachillerato, y anticipando la conmemoración de la pasión de Cristo había preparado con gran esmero su homilía, para producir el mayor impacto posible en la sensibilidad de esos muchachos que sabía que en ese momento solo estaban pensando en cómo se iban a divertir en las vacaciones.
Algo han de haber producido sus palabras en ellos porque de eso estaba hablando un buen grupo en el recreo que siguió a la Misa. De tal manera que cuando por casualidad pasé por ahí me llamaron para comentar lo que el padre les había predicado. Los sentí más curiosos que impactados por el sufrimiento de Cristo, pero algo es algo, pensé.
La discusión estaba centrada en la pregunta que muchos andaban en la cabeza y era de porqué Cristo —siendo Dios todo poderoso— había optado por semejante muerte para redimirnos y salvarnos, en vez de otra salida más fácil, sin sufrimientos y menos complicada.
Esta interrogante puede que ande también rondando en la cabeza a algunos de ustedes mis lectores y por eso les voy a hacer la pregunta que entonces les hice a esos muchachos y que me parece les aclaró e impresionó positivamente.
La pregunta es la siguiente: ¿Qué contestarían ustedes si la persona que más quieren —una mamá, una novia, etc.— les preguntara que cual sería el gesto más evidente que le demostrara a él o ella que la amaban como la amaban? Y ellos fueron —uno a uno— enumerando tremendas muestras de sacrificios y heroísmos. Y uno que otro generosamente mencionó inclusive estar dispuesto a morir por la persona querida. Entonces yo les dije que posiblemente Dios se enfrentó con esa misma interrogante: ¿Cómo les demostramos a los hombres (a cada hombre) que lo amamos con locura de una forma inconcebible? ¿Qué hacemos para convencerlos de nuestro amor?
Y la respuesta ineludible ha de haber sido la de los muchachos: morir por el amado. Y así lo hizo Jesús a pesar de ser Dios y poder redimirnos de otra manera.
Y después de comentar los muchachos ese gesto se fueron llenando de admiración y concluyeron que no existía una declaración de amor más contundente que esa, la de morir por los demás.
Y se me viene a la memoria lo que decía el santo Cura de Ars (patrono de todos los sacerdotes) que “lo que nadie imaginó, planeó y ni siquiera se hubiera atrevido a pedir, Dios lo imaginó, lo planeó y lo ejecutó por amor a nosotros”.
Supongo que ha de haber muchas otras razones teológicas que llevaron a Dios a tomar semejante decisión, pero yo —como el cura de Ars— me atengo a las propias palabras del mismo Cristo cuando pensando en su pasión dijo: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Juan 15:13).
EL AUTOR ES COORDINADOR DE LA CIUDAD DE DIOS
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