Daniel Ortega ha venido ejecutando de manera exitosa, hasta ahora, su plan estratégico de socavar y desvirtuar la institucionalidad democrática de Nicaragua, consolidar su nueva dictadura e impedir o desmotivar la participación política independiente de los ciudadanos.
Pero no ha sido solo por su inteligencia y astucia, como dicen sus admiradores, que Ortega ha tenido éxito en la ejecución de su plan estratégico. Es que ha sabido aprovechar la corrupción, la codicia y la simpleza política de sus otrora principales adversarios políticos, y la indecisión e impotencia de todos los demás.
Gracias a todo eso Ortega ha podido desprestigiar el sistema político de partidos (con la ayuda de los mismos partidos demócratas, sin duda) y hacer que la parte democrática de la sociedad nicaragüense pierda la confianza en el poder electoral y las elecciones.
Pero también hay que reconocer que la misma población ha facilitado el éxito de Daniel Ortega. Y no solo la gente que lo respalda, que sin duda ahora es más numerosa que antes por los beneficios que se obtienen de apoyar a quien detenta el poder, sino también de la otra parte de nicaragüenses, los que son calificados por las encuestas como independientes o indecisos. Estas son personas democráticas, pues si no lo fueran apoyarían a Ortega, pero por diversos motivos (frustración, pesimismo, desprecio a los partidos políticos, desidia o falta de responsabilidad cívica), no cuestionan a la dictadura ni quieren apoyar por ahora ninguna alternativa para recuperar la democracia republicana y el Estado de derecho.
En este escenario deplorable para la democracia, hay que acreditarle a Ortega como uno de sus logros más importantes, que muchas personas les repugne participar en las elecciones, como votantes o candidatos, igual que ocurría en tiempos de la dictadura somocista.
Esto favorece a Daniel Ortega, para quien las elecciones solo son buenas si las personas pueden votar pero no elegir. Él quiere elecciones como las de China, Corea del Norte y Cuba, por ejemplo, en las cuales, salvo en Cuba donde solo existe el Partido Comunista, en las de los otros países totalitarios participan varios partidos: cuatro en Corea del Norte y siete en China. Pero no son partidos independientes, sino organismos fantoches que le hacen el juego a la dictadura, como los que en Nicaragua son llamados zancudos porque chupan la sangre del pueblo.
Del mismo modo, para Ortega son malas y por tanto inaceptables, las elecciones que permiten elegir y cambiar gobiernos de acuerdo con la voluntad de los ciudadanos expresada en las urnas electorales. Elecciones verdaderas, democráticas y competitivas, como las que en 1990 tuvo que aceptar la dictadura del FSLN obligada por la guerra civil y las presiones de la comunidad internacional, además de que los sandinistas creían que las podrían ganar con facilidad.
Pero la restauración de la dictadura de Daniel Ortega no es el fin de la historia de Nicaragua ni se termina aquí la lucha política. Tarde o temprano los nicaragüenses recobrarán su conciencia cívica y saldrán a la calle para obligar al régimen orteguista a negociar con la oposición, las condiciones políticas y legales que se necesitan para volver a confiar en las elecciones como medio civilizado para resolver las diferencias políticas y las disputas legítimas por el ejercicio del poder.
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