Con alguna frecuencia me he encontrado con personas resentidas —y hasta odiando a Dios— porque no les había defendido en desgracias ocurridas. Se sentían estafadas. ¿No les aseguraron que Dios protegía y amaba a los buenos? ¿No les habían contado mil veces que la oración todo lo puede? ¿Por qué Dios se había vuelto sordo ante sus gritos cuando clamaban en sus angustias? Y las promesas que algunos le daban de que en la otra vida se reunirían con sus seres queridos ¿no eran un cuento más para manipularlas? Porque lo que más bien esas tales esperanzas del más allá les confirmaban que detrás no había nada, de que todo era una gigantesca mentira de los curas, y de que les habían engañado desde que nacieron.
En tales ocasiones es muy difícil reconfortar y transmitir la paz. A veces en esas circunstancias el tratar de consolar con esos razonamientos es invitar a una segura explosión de furia y amargura. Uno quisiera tener la oportunidad de aclararles que tal vez la educación que les dieron y el evangelio que practicaban no eran, en realidad, un verdadero cristianismo, sino una variante de religiosidad egoísta y piadosa. Que tenían razón de creer que ese dios que les enseñaron no existía. Que ese dios hecho para hacerlas felices y no que ellas deberían de servir no existía. Que ese dios “bueno” en la medida en que les concedía lo que ellas deseaban y que dejaba de serlo cuando señalaba otro camino, un camino más cuesta arriba o estrecho, no existía. Me hubiera gustado aclararles que es cierto que la oración concede todo lo que se pide, siempre que le pidamos a Dios que nos conceda lo que Él sabe que realmente necesitamos y que nos conviene, y que la gran oración no es la que logra que Dios quiera lo que yo quiero, sino que yo logre llegar a querer lo que Él quiere.
Amar a Dios porque nos resulta rentable es confundirlo con un buen negocio.
La fe en Dios, su amor, la confianza en Él son cosas bastante diferentes de lo que mucha gente cristiana piensa. Los verdaderos santos, como los auténticos amantes, viven el amor, pero sin pasarse la vida preguntándose cómo se lo iban a agradecer.
Jesús nunca prometió que nada malo nos pasaría si nos convertíamos a él. Más bien lo que dijo fue que el que quisiera seguirle tomara su cruz. La única cosa evidente que Él nos aseguró fue la cruz.
Él sanaba y hacía —y hace— toda clase de milagros y prodigios porque se conmueve y se apiada de nuestros sufrimientos, pero estos los hace principalmente como un signo de que su reino ha llegado, de que Él es Dios y puede revertir la naturaleza humana porque Él la hizo, pero en cuanto a la cruz, Él la padeció primero y murió para resucitar, para que nosotros resucitemos también con Él. Su concepción del dolor y de la muerte es distinta a la nuestra y si queremos ser realistas y conocer la verdad —aunque a veces no la entendamos— debemos con humildad aceptar su verdad abandonando toda arrogancia espiritual.
Ser cristiano es aceptar cosas como estas, disparates y locuras (para la lógica humana) como estas, y saber que la hora de la oscuridad es la mejor hora para verle. Aceptar que un dolor, por espantoso que sea, puede ser el momento verdadero en que tenemos que demostrar si amamos a Dios o solo queremos utilizarle.
EL AUTOR ES COORDINADOR DE LA CIUDAD DE DIOS
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