Los comerciantes también se han preparado para la beatificación de monseñor Óscar Arnulfo Romero, a la que se espera a trescientas mil personas. LA PRENSA/ AFP /MARVIN RECINOS

El día que calló Romero

Pasaban unos minutos de las 18:00 horas del lunes 24 de marzo de 1980, cuando el arzobispo salvadoreño Óscar Romero celebraba misa y ofrecía “este cuerpo sacrificado y esta sangre inmolada por los hombres...”

Pasaban unos minutos de las 18:00 horas del lunes 24 de marzo de 1980, cuando el arzobispo salvadoreño Óscar Romero celebraba misa y ofrecía “este cuerpo sacrificado y esta sangre inmolada por los hombres…”, momento en que una bala calibre 22 le perforó el pecho. Diferentes sectores de la sociedad dicen que esa noche se “instaló el terror” en El Salvador.

Monseñor Romero, la “voz de los sin voz”, será beatificado este 23 de mayo, en un acto en el que se espera la asistencia de cerca de trescientas mil personas, tras un largo proceso promovido desde 1990. El martirio de “San Romero de América”, como le llaman los salvadoreños, fue reconocido en febrero por el papa Francisco en un decreto que estableció que el arzobispo fue asesinado por “odio a la fe”.

El 23 de marzo de 1980, Romero ordenó al Ejército salvadoreño cesar la represión, los conminó a callar los fusiles y a no asesinar a “sus mismos hermanos” campesinos. Un mes atrás, una publicación en un periódico local rezaba que era conveniente que los militares empezaran a “aceitar sus fusiles” por las amenazas comunistas que acechaban al país.

“TRIUNFO DE LA VERDAD”

El entonces vicario general de la Iglesia salvadoreña, monseñor Ricardo Urioste, fue el primero en hablar con la prensa en el lugar del crimen y en denunciar la “gracia negra” de quienes celebraban el “holocausto” de Romero.

Para Urioste, la beatificación de Romero es un “triunfo de la verdad” sobre la “politización” de su imagen por grupos de derecha e izquierda. “La izquierda lo ha querido hacer como bandera para ellos, lo han politizado y la derecha también lo ha politizado al denigrarlo, al hablar falsedades”.

OscarArnulfoRomero

Urioste sostiene que a Romero “se lo acusó de político, de marxista, de comunista, de guerrillero”, pero que “quien más ha conocido, estudiado y juzgado” sus actuaciones es el Vaticano y “si ellos hubieran encontrado estos puntos negativos, no lo beatifican”.

“UN DÍA NORMAL”

El día que asesinaron a Romero “empezó como un día normal de trabajo”, cuenta Urioste. “Él tenía una reunión en la playa de La Libertad (centro) con un grupo de sacerdotes del Opus Dei”, explica.

Monseñor Jesús Delgado, secretario particular y biógrafo de Romero, expone en su biografía que esa mañana “amena” en una charla amigable con las monjas del hospital para enfermos de cáncer, donde vivió y fue asesinado, les dijo que “adonde yo voy, ustedes no pueden ir”.

75,000
muertos dejó la guerra civil que se vivió en El Salvador, de 1979 a 1991, entre el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) y los sucesivos gobiernos apoyados por Estados Unidos en la década de los 80.

Al regresar de la costa, Romero fue a Santa Tecla (centro) en busca de su sacerdote confesor, el padre Segundo Ascue. “Vengo, padre, porque quiero estar limpio delante de Dios”, dijo a Ascue, según relata Delgado en su libro. Luego se dirigió a la capilla donde sería asesinado.

Minutos antes, un Volkswagen rojo de cuatro puertas se había detenido frente a la capilla del hospital para enfermos de cáncer La Divina Providencia, donde la voz de Romero resonaba cuando bendecía y ofrecía las especies del rito católico. Un gatillo fue accionado, una bala calló a la “voz de los sin voz”.

Un informe de la Comisión de la Verdad de las Naciones Unidas en El Salvador, publicado en 1993, señaló como autor intelectual del magnicidio al mayor del Ejército y fundador de la Alianza Republicana Nacionalista (Arena), Roberto D’Aubuisson. El mismo documento establece que D’Aubuisson fundó los paramilitares escuadrones de la muerte.

Y el terror habitó entre nosotros

El procurador para la Defensa de los Derechos Humanos de El Salvador, David Morales, tenía 13 años cuando monseñor Óscar Romero fue asesinado. Hoy dice que recuerda la “sensación amarga” de “una noche de mucho terror” en la que pensaron que “cualquier cosa podía pasar”.

Agrega que esa noche también se “impuso” un silencio “en todo el país como un símbolo, no solo de dolor, sino de estupor de un país entero”.

Morales dice que el asesinato de Romero fue un “objetivo” militar que le permitió al Ejército y sus estructuras paramilitares “profundizar prácticas genocidas de ataque a la población civil”.

Boletin Internacionales El Salvador Oscar Romero archivo

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí