En una banca solitaria del parque de Linda Vista, frente a la estación II de Policía, Néstor Aguirre siente nostalgia por su infancia. Recuerda el tiempo en que jugaba en medio de los árboles frondosos de ese parque, saltando sobre charcos en un terreno montoso donde abundaban los sapos y saltamontes. Había menos casas y menos gente en los alrededores. O eso le parecía a él. Cuando apareció la Biblioteca Alemana, a un lado del parque, Néstor halló un refugio y una mina para soltar su imaginación. De esa afición por los libros resultaría un pequeño poeta. Antes de los 10 años habría publicado sus primeros poemas en El Nuevo Amanecer Cultural, el suplemento literario de El Nuevo Diario.
“Por sus palabras creían que eran de alguien mayor”, comenta Néstor sobre esas letras precoces que le publicaron alguna vez. Ahora en retrospectiva sobre lo que escribió cree que tenía influencia de Rubén Darío. “Parecía un plagio”, dice con una risa monosilábica nerviosa.
Néstor está sentado en una banca a mitad del parque de Linda Vista. Es casi mediodía y el calor está en su máxima expresión. Tiene un aire de cantante rockero. En lugar de camiseta usa un suéter —con capucha— y pantalón negro y botas café de suelas gruesas.
Entre los brazos y el pecho acuna una guitarra tapizada con un zoológico de calcomanías. Tortugas, conejos, gansos, mantis, ranas, sapos, varias razas de perros, osos, alces y unos cuantos árboles. En sus canciones es un ferviente protector de los animales. Su sensibilidad contra el maltrato animal le surgió, en parte, en Estados Unidos. Vive por temporadas allá y le ha tocado trabajar en granjas y polleras donde ha visto lo que sufren los animales antes de ser servidos en un plato.
Aunque todavía come carne, cree que el ser humano se deshumaniza, actúa como una máquina, de manera autómata. Y sobre ese asunto también le provoca cantar.
Porque ahora más que poeta es músico o ambas cosas a la vez.

Es un músico callejero que lo mismo canta en escuelas, a los niños de Aproquen (Asociación Pro Niños Quemados de Nicaragua), que en bares de barrios marginales de la capital.
LA VENA DE LOS AGUIRRE
Viene de una familia de músicos y artistas: su papá Néstor, es pianista y hermano de Diego Aguirre, el cantautor que en la década de los ochenta ganó el Festival de la Canción Rafael Gastón Pérez y que ahora en sus noches libres canta en una fritanga.
Otro primo suyo, Donaldo Aguirre, es funcionario de Cultura.
Dice que sus tatarabuelos, los Aguirre, originarios de Río San Juan, eran músicos y pintores. En su caso, el dibujo es otro arte que siempre lo ha acompañado. Intentó estudiar Arquitectura en la universidad, pero fracasó en el intento. Cuando hizo el examen de admisión lo dejaron en Ingeniería Civil. No se resignó y por un tiempo llevó las dos carreras al mismo tiempo: Ingeniería y Arquitectura, pero en ese tren de ir a dos recintos distintos en el día y en la noche, fracasó.
“Fracaso” es una palabra que Néstor oye con frecuencia. Algunos parientes lo identifican a él con esa palabra. Le dicen que es un fracaso o simplemente lo consideran un “loco” porque le gusta el arte.
“Eso me hace ser luchador, buscador de imposibles”, dice Néstor, quien se ofende cuando en su barrio, Monseñor Lezcano, lo ven pasar con la guitarra al hombro y le gritan: “Ahí va Romeo Santos”. Es un cantante que no le gusta y no figura entre sus favoritos.
A él le gustaría que lo relacionaran con Camarón de la Isla, el gran cantante flamenco ya fallecido, con el español Joaquín Sabina o con los argentinos Fito Páez o Charlie García. A cada uno de esos músicos le debe algo. A Sabina los giros y la voz carrasposa, Camarón le inspiró su nombre artístico: Duende Cigarra.
En sus letras también se acerca a Jack London, el escritor estadounidense autor del clásico Colmillo Blanco, al que no deja de leer, en realidad de escuchar, a través de audiolibros.
Alguna vez estaba cantando en un bar de Louisiana, porque allá ha vivido algunos años, y un estadounidense elogió su estilo y sus letras reflexivas y melancólicas. Le dijo que era la versión de Cat Stevens en español.
¿Por qué tiene que parecerse a alguien? —Se pregunta. ¿Por qué la gente no se puede aproximar a él sin asociarlo con ningún otro cantante? Néstor cree que hay un problema de autoestima muy serio entre los nicaragüenses que no confían en el talento de los demás porque sí.
ESCUELAS Y BARES
Esta mañana Néstor, sentado en la banca del parque solitario de Linda Vista, entona varias de sus canciones. Cantando se pronuncia contra el maltrato animal, el machismo, la violencia, contra el licor, las drogas. Su voz suena carrasposa y cansada. Sus cuerdas vocales hoy dan los tonos altos de las canciones. Cree que el recorrido que hizo por cien bares de Managua lo ha afectado.
Acompañado por un primo se fue a “sombrerear” por barrios marginales y en una noche recogió seiscientos córdobas y en otra mil. Le gustó la experiencia porque la gente puso atención a sus canciones. Algunos le preguntaron por ellas, otros lloraron. Hubo quienes se molestaron por las críticas contra el alcohol y las drogas, pero él no dejó de cantárselas.
También recorre escuelas. “Me gusta cantarle a los niños”, dice este trovador al que no han dejado entrar en bares universitarios.
“No sé por qué. Les pedí que bajaran la música en algunos lugares y me dijeron que no podían hacerlo”, explica.
Es probable que dentro de un mes regrese a Estados Unidos, allá recoge dinero, pero es aquí donde se siente vivo y creativo.
“Siento que estoy más vivo aquí”, dice este músico, quien hasta ayer soñaba con ser telonero en el concierto de Ricardo Arjona.
“Han dicho que Arjona es el cantante de los que no leen, pero ¿cómo pueden decir eso?”, dice con cierta indignación Néstor sin moverse de la banca y sin quitarse la guitarra del pecho.
CORTÁZAR Y EL VIOLÍN
“A vos te chineó Cortázar”, le dijo una vez su mamá intentando darle una explicación mágica a la conexión que Néstor Aguirre tuvo desde muy pequeño con la literatura. Su papá era pianista y tocaba en Tiscapa y alguna vez coincidieron con su papá que llevaba en brazos a su pequeño de 2 años con el escritor argentino, Julio Cortázar, y el fallecido comandante Tomás Borge.
De esta anécdota va a otra que también ha marcado su vida artística: fue violinista de la orquesta juvenil por varios años, pero se salió porque tenía mucha proyección. En Estados Unidos ha cantado en Louisiana. Dice que tiene influencia de los músicos callejeros de blues. De ellos ha rescatado la armónica, un instrumento que carga en su mochila y que ejecuta en los bares de la capital donde lo dejan cantar. Su sueño es vivir de la música y grabar un disco con sus mejores canciones, algunos son poemas y otras son crónicas sobre la ciudad.
