Por su naturaleza, la política es una actividad noble y constructiva, no un medio para enriquecerse sin trabajar ni para violar la ley con garantía de impunidad. Con toda razón, podemos afirmar que la política ofrece la oportunidad de realizar la “regla de oro” del Evangelio: “Trata a los demás como quieres que te traten”. ¿Puede acaso existir obra más positiva que transformar a países enteros en espacios de libertad, concordia y prosperidad construyendo un orden nacional e internacional más justo y solidario? Sin embargo, al aproximarse los comicios del 2016 en los que el régimen inconstitucional de Daniel Ortega pretende imponerse nuevamente, muchas personas rehúsan participar a causa de la trayectoria deplorable de algunos dirigentes, diputados y candidatos de diversos partidos. Se limitan a declarar: “Yo no me meto en política porque la política es cochina”.
Pocos son los que se atreven a contradecirlos. Sin embargo, tales afirmaciones y generalizaciones son injustificadas. El hecho de que algunos comerciantes vendan ropa usada etiquetándola como nueva, que haya médicos que recomiendan operaciones innecesarias, taxistas que asaltan a sus pasajeros, maestros y hasta clérigos y pastores pedófilos, no justifica el desacreditar esas profesiones y que los padres adviertan a sus vástagos: “¡Cuidado se te ocurre estudiar medicina, ser maestro, abogado o comerciante! ¡No seas como los políticos que viven sin trabajar!”
La realidad es que, así como hay políticos indignos, en todos los partidos militan personas talentosas, honestas y generosas. Sin embargo, al abstenerse, la gente capaz y honesta deja el campo libre para que aquellos que encarnan valores negativos sean escogidos para dirigir los partidos, como candidatos a diputados, a magistrados o, incluso, como candidatos presidenciales. Si los únicos políticos que la gente ve en los noticieros y diarios son los diputados gritones y patanes, los corruptos o incestuosos, los traidores con “cara-de-yo-no-fui”, el público seguirá metiendo a buenos y malos en el mismo saco y considerando “corruptos” a todos los políticos.
Apartarse de la política porque hay políticos indignos, equivale a decir: “Yo no puedo respetar la ley porque otros la violan”. Algunos quieren que la cosa cambie y están impacientes por actuar en política, pero, no saben cómo hacerlo. Otros, subvalorando sus propias capacidades, no se deciden a militar en un partido porque temen no dar la talla.
Pocos, sin embargo, están conscientes de que, al rechazar los vicios y abusos de los políticos corruptos, ya están participando en política y escogiendo un partido: se están afiliando al partido de los que queremos sacar a Nicaragua de la espantosa pobreza que nos flagela a todos —salvo a los enchufados—, extirpar la corrupción y la impunidad, restituir la majestad e independencia de los poderes del Estado y construir una sociedad justa y próspera, acorde con la dignidad humana. Debemos, por lo tanto, constatar y proclamar con optimismo y esperanza: “Los sin partido ya tenemos partido: Nuestro partido se llama ‘Nicaragua’”.
Los que queremos incidir positivamente en las grandes decisiones que se avecinan, debemos reflexionar juntos sobre este tema vital para todos y cada uno de los nicaragüenses. Solo así lograremos rescatar a nuestra patria de manos de comprobada avidez y torpeza y convertirla en un país de oportunidades en el que nuestros hijos, nietos y nosotros mismos podamos realizar nuestros sueños; solo así impediremos que, cada cinco años, andemos buscando hacia dónde emigrar ante la amenaza de que se abata nuevamente sobre Nicaragua el fatídico manto rojinegro del atraso, oscurantismo, arbitrariedad y muerte que desde hace más de 35 años ensombrece el horizonte de nuestra patria.
El autor es Fundador de la CPDH y Presidente Nacional del PSC
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