Era mi obligación estar presente en este homenaje a Francisco de Asís Fernández con motivo de sus 70 años, porque fue mi compañero de promoción literaria en los primeros años sesenta, es mi cómplice de sangre (soy su tío en segundo grado, aunque él me reduce a primo) y ha sido mi amigo de toda una vida.
Tampoco la primera vez que diserto o escribo sobre él, pues en otras ocasiones he trazado su trayectoria poética y evocado nuestra participación, siendo jóvenes de 16 y 17 años, en el grupo los bandoleros, de Granada, guiados por su padre Enrique Fernández Morales, habitante de los cinco continentes del arte.
Celebro pues, este redondo aniversario de Chichí (nahuatlismo con el cual se le conoce en todo el orbe cristiano y musulmán), como lo hice cuando fue declarado hijo predilecto de Granada en 2008, cuando recibió en 2013 la medalla de honor de la Asamblea Nacional y cuando se le condecoró en 2014 con la Cruz de la Orden del Mérito Civil, otorgada por el rey de España Juan Carlos I, último acto de este monarca en reconocimiento a un intelectual hispanoamericano.
De manera que me limitaré a señalar sus tres méritos fundamentales. El primero es su inconmensurable amor a Granada, heredado de su padre y maestro Enrique Fernández Morales (25 de diciembre, 1918-18 de noviembre, 1982) y de su madre Rosa Victoria Arellano Arana (22 de marzo, 1924-8 de junio, 2011); un amor que engendró el profundo significado de pertenecer a esta ciudad y a su historia. Él mismo ha confesado: Yo amo la poesía de adobe, tejas y taquezal, de arroyos, de Lago y de Mombacho.
Es claro que el segundo mérito corresponde a la iniciativa de convocar y mantener su liderazgo con inusitado éxito el Festival Internacional de Poesía en Granada que desde 2005 ha convertido a La Gran Sultana durante una semana de febrero en la capital de la poesía del planeta. Con ello se ha proyectado una imagen positiva del país que no se le debe solo a él, sino a un esfuerzo conjunto de cooperación internacional, gobierno, empresa privada, sociedad civil y amigos que lo secundan y se comprometen con la promoción cultural y el desarrollo turístico. Todos aglutinados por él.
Desde luego, el tercer mérito es igualmente importante: su obra en verso. Esta ha tenido de sujeto a un yo, capaz de ejercer con una energía controlada, sostenida y lúcida una pasión poética: la única prueba que justifica su existencia. El que carece de pasión carece de razón, decía el ensayista español José Bergamín, aunque pueda tener razones, es decir, intereses profanos o prosaicos. Y si de esos intereses Chichí ha sido aspirante como todo hombre menesteroso de ensueños y glorias, lo que ha predominado en su talante es su talento. Mejor dicho: la intuición e inteligencia, el optimismo y la gracia juveniles de su inagotable creación escritural.
La belleza como razón vital
De ahí que haya teorizado muy pocos lo han hecho en el área centroamericana, sobre la poesía y su gratuidad, definiéndola como producto del matrimonio entre la imaginación, la sensibilidad y la cultura; como la armonía entre la altura del espíritu y las bajezas del alma. En el Universo de la poesía puntualiza viven ángeles y demonios, y todos ellos deben expresarse, por lo que el lenguaje de la poesía debe contener la riqueza y la complejidad del cielo y del infierno. Y termina con un aforismo: En la poesía el dolor del alma siempre es una criatura verbal del orgullo y la razón.
He ahí la estética que articula su obra, apreciable en Celebración de la inocencia/Poesía reunida: 1962-2000 (2001). Esta antología ofrece selecciones de los poemarios A principio de cuentas (1968), síntesis y liquidación de su gozosa adolescencia, no exento de prospecciones metafísicas; La sangre constante (1974), signado por el testimonio político y la militancia correspondiente; En el cambio de estaciones (1981) donde amplía no sin panegerismo panfletario la línea anterior; Pasión de la memoria (1986), glorificación del sexo y del amor, aparte de una reflexión sobre el deterioro y la presencia de los fantasmas familiares; Friso de la poesía, el amor y la muerte (1997), uno de los grandes poemas extensos de nuestra literatura; y Árbol de vida (1998), prologado por Gioconda Belli, en el que propone la belleza como razón vital.
Sentimiento nuevo y renovador
A esta media docena de títulos debe sumarse Espejo del artista (2005), cuyos poemas enriquecen su obra interior e irradian una luz transmitida de uno a otro libro, conteniendo según E. Y., su prologuista, los placeres y roñerías del hombre y la mujer, la vida cumplida de la manera como se pudo, el escarnio de la pasión como Eros, y menos que Eros, el sarcasmo de los Sueños Grandes y los Sueños Pequeños; la muerte como nada y menos que nada; el rostro de la esperanza y la desesperanza, el afecto y el desafecto, la negación y la afirmación, la maldad y la virtud igualmente malignas; las verrugas de la voluntad inseparables de sus flaquezas; la fascinación y la repugnancia en un solo átomo; la mordacidad, la risa y la sorna. Es decir: un sentimiento nuevo y renovador en la poesía de Nicaragua a partir de Darío y Salomón de la Selva.
Resulta mucho más apreciable este aporte personal de Chichí en otra antología: Orquídeas salvajes (2007), lanzada en Madrid por Visor, la colección de poesía más prestigiosa en lengua española. He aquí algunos de sus versos memorables, escogidos al azar y de aliento whitmaniano, que hacen de su autor un experimentado en el ars amandi, consciente de la transitoriedad del ser humano por el mundo:
Nací para que lascivas muchachas nicaragüenses, adornadas con guirnaldas duerman conmigo bajo las estrellas haciendo el amor con los ojos, para que el amor sea una lucha contra la muerte para que el truco de la vida sea saber ver la magia [ ] Amé tanto y voy a desaparecer […]Mi amor por la vida es una rosa gigante con penas vivas y penas muertas […] Yo quiero llegar hasta donde me lleven los pájaros de mis pensamientos y quiero llegar a la muerte sin ninguna aridez en el corazón.
Todo un derroche de fantasía mesurada es Orquídeas salvajes . Un libro de poemas unitarios y abierto, como Leaves of Grass de Whitman, fiel a la estirpe granadina de su autor, a su niñez que trasmuta en la mañana luminosa, al poder redentor de la poesía que incluye a los seres no agraciados: todos somos sapos encantados cantándole a la luna. Un poemario maduro y celebratorio, reflexivo y devoto de la fascinación por la vida, que tampoco excluye la siguiente convicción realista:
En esta tierra etérea del desencanto toda verdad es Quimera; el sueño encuentra puñal en la cuenca de la mano; la política es estéril: seca el pozo dulce de la fecundidad de las plumas y de los animales, destroza entre sus dedos la mística del amor del hombre y la mujer, hace tiranos y ladrones.
En fin, un poemario que es sensitiva autobiografía y autorretrato sincero, como lo demuestra en este breve poema:
Yo fui un bello muchacho libertino que tuvo hasta la saciedad una eterna borrachera delirante por la felicidad del alma. Pero tuvo el dolor apasionado de darse cuenta de todo en el mundo, como si su piel fuera un imán sentimental al que se le va pegando el desperdicio de la vida.
Regeneración poética
En otros versos, Francisco de Asís Fernández evoca a su pater y mágico máster: loco apasionado padre derrumbado las veces que nos separamos / entre la santidad y el demonio / en tu cama de Faraón y en tu hamaca sin un solo centavo / exsocio del Mombacho / y cantando boleros con los poetas más bolos de la historia.
Yo podría seguir glosando, interminablemente la poesía de Chichí: hipocorístico, o sea abreviación afectuosa de nombre propio, en este caso de Asís, derivado de la pronunciación infantil; referirme, por ejemplo, a sus posteriores poemarios: Crimen perfecto (2011), La traición de los sueños (2014) y Luna mojada (2015). Señalar que él continúa destilando la rabia iluminadora de su poesía y creyendo en la regeneración poética del mundo.
Ver en la versión impresa las páginas: 6 B