Joaquín Absalón pastora

El escritor laureado

Sergio Ramírez Mercado es un creador. Su instauración no es exclusiva del ámbito estético. Abarca a otros confines del acontecer.

Lo sigo desde que ofició en el pedestal universitario que levantó el recordado rector Mariano Fiallos Gil empecinado en la autonomía. Junto a él distinguí a otros jóvenes consagrados en la espléndida madurez: Carlos Tünnermann, heredero de la rectoría original y Alejandro Serrano Caldera: músico, político, filósofo. El trío es excepcional. Acaso sea “la santísima trinidad” en el altar laico de la universidad. Sin desestimar los méritos sumados de los tres, quiero referirme al doctor Sergio Ramírez, por sobre todas las cosas escritor, dedicado exclusivamente al ejercicio prolífico y no por eso selecto de la literatura como parte de la lingüística no en una faceta restringida sino extendida a todo el ramaje que cuelga del árbol de la creación: ficción, realidad, surrealismo en la búsqueda de las novedosas vías, renovación, apertura de aires frescos en las ventanas de la recreación.

Lo sigo desde que yo ingresara como estudiante de bachillerato en el Instituto Nacional de Occidente dirigido en ese tiempo por don José Trinidad Sacasa, maestro de historia antigua. La estrechez en cuanto a distancias de la ciudad metropolitana me permitía visitar frecuentemente a la universidad impulsado por los destellos que vislumbraba en su paraninfo y más por el ejemplo a las nuevas generaciones que suministraba el temple libertario del magnífico rector. Me picaba el entusiasmo de ser maestro de ceremonias de las veladas estudiantiles del instituto y eso me acercaba más a los estudiantes de la universidad en la cohesión eufórica. Nunca olvido cómo le confesaba el deseo de ser abogado y Sergio me dijo: “Y que esperas, solamente puedes cruzar la pequeña distancia que hay entre el instituto y la universidad”. Pero pudo más el deseo de ser locutor de radio y fue así como en vez de atravesar los umbrales de una puerta, cerraba la de la alma madre para pasar a Radio Darío.

Tiempos después ingresado a Radio Mundial pude seguir con mayor concentración la lectura de los análisis literarios que Sergio hacía de las obras de arte de Ventana y luego la aparición de sus primeras novelas dentro de las que recuerdo con antelación Tiempos de Fulgor .

El torbellino del tiempo fue envolviendo otras circunstancias dentro de los cuales aparecieron las de la política y fue ahí donde el escritor hizo una pausa obligado por la precaria situación. “Botón de muestra” fue su incursión en los Doce. El cinco de julio de 1978 tuve la oportunidad de abordarlo como periodista y PLI. Pronto sintió el infortunado advenimiento de una revolución echada al canasto de la frustración, luego a ser vicepresidente de la República pero esa jerarquía esculpida en la solapa de uno de sus libros, no reflejaba en el espejo la imagen óptima. Abrió y cerró con lenguaje de bandoneón: “ Adiós muchachos ”..

Tiempos después lo visité personalmente en su casa de habitación atendiendo una solicitud que le había hecho: conocer su ordenada estancia de música selecta, impecablemente clasificada. Podía “tararear” esa tarde el Triple Concierto de Beethoven. Salí con las manos llenas de cautivantes selecciones. Celebro haber compartido con él los ratos breves que he señalado para que sean el testimonio de un vínculo que enorgullece a todo nicaragüense que haya tenido experiencias aunque ocasionales con el escritor laureado. El autor es periodista.

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