Enfrentada con una fuerza de trabajo de 3,200,000 personas —que sigue creciendo— la actual estructura productiva nicaragüense resulta absolutamente incapaz de absorber a esta masa de fuerza de trabajo, y a la que se incorpora cada año, en empleos de creciente calidad y remuneración. De hecho, no solo la actual fuerza de trabajo, sino la población en edad de trabajar que se incorpora cada año a la actividad económica, encuentra ocupación, en siete de cada diez casos, en empleos precarios e informales, de bajísima productividad y remuneración.
Sin embargo, de una manera que no cesa de impresionarme, en el país se sigue alimentando la ilusión de esta misma estructura productiva puede, con algunos retoques, con algunos ajustes menores o mejoras marginales, proporcionar una salida al círculo vicioso de empleos predominantemente precarios, de bajísima productividad media y bajo ingreso per cápita.
Pero lo cierto es que esta estructura productiva se encuentra en la raíz misma de este círculo vicioso.
El país continúa estando especializado, esencialmente, y con muy pocos cambios, en actividades caracterizadas por una muy baja productividad, pobre contenido tecnológico, escaso valor agregado, limitados encadenamientos internos, y reducida elasticidad en ingresos de la demanda. La fuente fundamental de competitividad sigue siendo un excedente de fuerza de trabajo barata y poco calificada, y la disponibilidad de recursos y riquezas naturales a los que se accede de manera semigratuita.
Este tipo de actividades no tiene ni puede tener, la capacidad de absorber en empleos de creciente calidad a la mayor parte de la actual fuerza de trabajo, ni al creciente número de personas que se incorporan a la misma, como resultado de un proceso de cambio socio-demográfico que genera un considerable flujo de jóvenes y mujeres que se incorporan cada año a la población en edad de trabajar, y a la actividad económica.
Pese a ello, el solo concepto de diversificar el aparato productivo y exportador hacia nuevas actividades, con características distintas, parece algo ininteligible en nuestro país.
En un trabajo seminal, que representó un verdadero parte-aguas por su indisputable solidez empírica, Imbs y Wacziarg (2000) encontraron que, en el proceso de desarrollo, la estructura productiva deviene cada vez más diversificada, derrumbando el mito de la estrecha especialización conforme a ventajas ricardinanas. El trabajo de Rodrik y Haussmann relativo a la complejidad económica de las exportaciones y su relación con la evolución del ingreso per cápita terminó de inclinar la balanza.
Desde hace mucho se relacionaba el contenido tecnológico de las exportaciones y el nivel de desarrollo.
Desde este punto de vista, la capacidad de generar constantemente nuevas actividades productivas dinámicas, que absorban porcentajes crecientes del empleo —en otros términos que conlleven la capacidad de crear empleos cada vez de mayor calidad— se encuentra en el núcleo mismo del desarrollo exitoso.
Para que estas nuevas actividades sean capaces de absorber porcentajes cada vez mayores de la fuerza de trabajo, deben tener características diferentes a las que predominan hoy:
a) Alta elasticidad-ingreso de la demanda interna y externa a largo plazo, para que tengan el potencial de expandirse con rapidez en el tiempo, de manera que puedan crecer, al mismo tiempo, tanto el empleo como la productividad.
b) De cada vez mayor densidad tecnológica y contenido de conocimientos, porque estas son las que pueden producir incrementos sostenidos en la productividad y ganar participación en los mercados, y
c) elevada densidad de encadenamientos, de manera que tengan una alta capacidad de arrastre sobre el conjunto de la economía y al mismo tiempo generen las sinergias y externalidades que son la fuente de la competitividad sistémica.
El impulso de este cambio en la estructura productiva y la estructura exportadora, el cual debería traducirse en la concomitante transformación de la estructura del empleo —de manera que porcentajes crecientes de este sea cada vez de mayor productividad— requerirá no solo de la construcción de una sólida voluntad nacional y de un esfuerzo concertado sostenido, que demandará un proceso democrático de construcción de consensos. También será necesario que el conjunto de políticas (la política de formación de recursos humanos, la política de desarrollo de la capacidad tecnológica nacional, la política de investigación y desarrollo, la política de infraestructura, la política energética, la política financiera, la política de inteligencia de mercados y comercio exterior, y la política macroeconómica y del tipo de cambio real) y las correspondientes instituciones se estructuren, a manera de apuntalar este esfuerzo.
Es decir, las políticas e instrumentos de que el país disponga para orientar su acción colectiva, deberán contribuir al esfuerzo nacional por apuntalar este proceso de transformación estructural, de forma que las personas de ambos sexos puedan desplegar al máximo sus potenciales, y el país logre arribar a la fase avanzada de envejecimiento —en unas décadas más— en mejores condiciones.
*Economista
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