He sido firme opositor a la frase aquella de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Y con los años descubrís que lo que te mantiene unido a una época en especial, son las emociones que viviste y que te llevaron a identificarte con esa generación.
Pero en boxeo, no dudo que el pasado fue mejor.
Y no se trata de sentirse atraído por ese pugilismo primitivo de golpearse hasta morir, mientras el morbo de la multitud pide más sangre, pero tampoco me agrada este boxeo metafórico que tiene a Floyd Mayweather como principal exponente.
Hay quienes gustan del boxeo elusivo, muy técnico y ultradefensivo de Mayweather y eso se respeta, pero yo prefiero el de púgiles sin temor a intercambiar metralla, como el Argüello que tuvimos aquí, o los Leonard, Hearns, Durán y Hagler, que vimos a distancia.
Ahora, el combate del sábado, pasará a la historia porque rompió récords de recaudación, cobertura y expectación, no por su calidad, a pesar de que la llamaron “Pelea del Siglo”, categoría que le quedó grande.
Y la culpa no fue de Mayweather. Él hizo lo que mejor sabe: amagar, esquivar, disparar y escurrirse. Lo que pasa es que para que haya un buen combate se necesita de dos, y Manny Pacquiao lució muy distante de sus días en los que arrasaba oponentes.
Por eso es que nadie le ve sentido a una revancha, porque sería ver más de lo mismo. Se llevaron un siglo para ponerse de acuerdo y una vez en el ring, hicieron cualquier cosa, menos ofrecer un combate excitante e inolvidable.
Diferentes eran los duelos Hearns-Hagler, Leonard-Hearns, Corrales-Castillo, Morales-Barrera, Alexis-Pryor, entre otros, que uno los atesora en el baúl de los recuerdos como pertenencias valiosas.
Mayweather-Pacquiao, fue una pálida pelea, que no se maquilla ni con las cuantiosas ganancias que generó.
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