Nicaragua no cambiará con elecciones. No mientras no cambie radicalmente el actual Consejo Supremo Electoral (CSE). Si esto no ocurre, toda la calistenia electoral y esfuerzos de unidad opositora son una pérdida de tiempo. Si los líderes de los partidos deciden ignorar esto, el pueblo no lo hará; actuará en consecuencia y se abstendrá masivamente, con lo que el orteguismo podrá alzarse con otra victoria impresionante —sin necesidad de fraude—.
Obviamente no será fácil cambiar nuestro sistema electoral. Ortega sabe que la llave para su hegemonía y continuismo en controlarlo. Por no hacerlo perdió las elecciones de 1990, 1996 y 2001. Controlándolo le robó a la oposición la mayoría de las alcaldías en el 2008 —incluyendo la de Managua, donde técnicamente ganó Eduardo Montealegre— y desde entonces ha venido usándolo para aumentar sus votos y conseguir el dominio total de la Asamblea Nacional, con lo que también logró, de carambola, su meta estratégicas de quebrar o descalabrar la oposición.
La llamada decadencia de los partidos políticos opositores deriva no tanto de la incompetencia o defectos de sus líderes como de la sumisión del CSE a Ortega. El PLI y sus líderes sería otra cosa, se hubiesen ganado las alcaldías y cuotas políticas que le correspondían. Sin posibilidad de ganar comicios nacionales o regionales, los partidos políticos pierden en gran parte su razón de ser. Se convierten entonces y forzosamente en zancudos o en una oposición simbólica que mantiene el derecho a la queja pero pierde su capacidad de incidir y con ello el respaldo popular —pues el pueblo no apoya a los impotentes—.
Ortega se aferrará al control del CSE con la furia que una fiera defiende su presa. Hacerlo le es más importante, incluso, que controlar el Ejército. Pero por lo mismo que esa presa es tan preciada —pues de ella depende la dictadura o la democracia— hay que pelear duro por ella.
Ninguna prioridad política es hoy más alta que batallar por un poder electoral limpio y decente. Hacerlo es una de las responsabilidades y deberes cívicos más importantes del momento. Todo nicaragüense que se precie de patriota no puede menos que exigir que tengamos una institución que respete la voluntad popular y cuente honestamente los votos. Todos los sectores, desde sus respectivas tribunas o posiciones deben participar. Los obispos ya han puesto su grano de arena exigiendo cambios en el CSE. Lo mismo debe hacer el Cosep, los partidos, las universidades, las asociaciones profesionales, grupos cívicos etc. Incluso es deber de la comunidad internacional y de aquellas naciones que dicen venerar los derechos humanos y ciudadanos.
Más no bastarán los pronunciamientos. El Gobierno actual ha demostrado muchas veces sordera ante llamados provenientes de personas o sectores con prestigio —antes que la Iglesia ignoró las observaciones y recomendaciones de la Unión Europea, del Centro Carter— y otras organizaciones que denunciaron las serias anomalías de nuestro sistema electoral. Habrá que idear y poner en práctica otras presiones. Habrá que usar la calle, los foros y los espacios públicos. Hacerlo con valentía y civismo podría incluso reivindicar a muchos dirigentes y partidos políticos que son percibidos por el público como oportunistas o comodones. Habrá que dejar las tibias butacas de la Asamblea para sentarse en las rotondas. Desgraciado realmente el partido político que no pueda movilizar aunque sea puñados de militantes para hacer sentir sus reclamos.
Más no solo ellos, los políticos tendrán que dar la pelea. Todos debemos superar la comodidad, el miedo o la indiferencia para apoyar esta lucha. El futuro de Nicaragua depende de lo que cada uno de nosotros haga o deje de hacer.
El autor es sociólogo y fue ministro de educación.
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