A lo largo de su vida como sepulturero en el cementerio general, Emilio Espinoza no ha tenido tiempo para aburrirse. Cuando no es un conjunto de mariachis cantando rancheras durante un cortejo fúnebre mientras ruedan lágrimas por las mejillas de los deudos, es una discusión de los parientes al pie de la fosa donde van a sepultar al difunto. A veces la gente aprovecha los últimos minutos ante el cuerpo presente de ese ser querido para sacarse los trapos al sol. Emilio dice que una vez unos hermanos comenzaron a discutir por quién asumiría los gastos del entierro. Uno le gritó al otro que debía pagar todo él porque era quien se estaba quedando con lo que estaba dejando el difunto. Era tan agria y encendida la discusión que Emilio salió de la fosa que estaba cavando y esperó que se pusieran de acuerdo para ver quién le pagaba sus servicios.
De esas peleas frente al féretro no se ha escapado ni el mandatario Daniel Ortega Saavedra. Emilio recuerda que cuando murió la mamá de Ortega, Lidia Saavedra, en el 2005, hubo una tercia entre los hermanos Daniel y Humberto Ortega Saavedra. Humberto quería llevarse el ataúd para Jardines del Recuerdo, pero Daniel se impuso con que se sepultara en el cementerio general, donde también descansan los restos de su hermano Camilo Ortega.

“El mancucho (Humberto) se fue arrecho’”, dice Germán, otro de los sepultureros más antiguos, quien junto con Emilio recuerda la anécdota mientras esperan clientes esta mañana en que no hace mucho sol, pero hay una sensación térmica fácil de 40 grados.
Ambos hombres están bajo sombra, sentados sobre un par de tumbas de las miles que hay en este camposanto de 36 manzanas que emplea “por cuenta propia” a unos trescientos hombres y mujeres.
SEPULTURERO DE CAMILO
Emilio dice que esa vez no lo contrataron a él para cavar el sepulcro de doña Lidia, pero recuerda que muchos años antes ella misma lo buscó para enterrar a Camilo.
El sepulturero cuenta que al cuerpo de Camilo la Guardia Nacional lo había tirado en una fosa común y después doña Lidia fue a buscarlo para que le ayudara a sacarlo y darle cristiana sepultura a su hijo. No se le olvida que el cadáver estaba bastante descompuesto porque la Guardia lo había tenido como diez días donde lo mataron. Ella le puso dos billetes de 100 córdobas en la bolsa, que entonces era un montón de dinero, y le dio dos botellas, una de alcohol y otra de guaro, la primera para untársela luego del entierro y la segunda para que se la bebiera después del duro trabajo que había hecho.
“El tufo de muerto se le pega a uno en la ropa”, dice Emilio.
Madre e hijo ahora están sepultados en el mismo lote en la parte sur del cementerio. Allí tienen otras bóvedas los Ortega, aseguran los sepultureros.
Reinaldo Rodríguez, otro sepulturero, recuerda la exhumación de un señor al que los familiares creían que el hijastro, único heredero, había matado. Llevaron el cuerpo a Medicina Legal, le practicaron la autopsia y no hallaron nada. “El hijastro en todo momento estuvo tranquilo, se comprobó que no había hecho nada en contra del señor”, aclara Reinaldo.
HOMBRE DE BLANCO
Emilio, de 63 años, también ha sepultado a sus seres más queridos. Tiene enterradas a su abuela, su mamá y a su esposa, quien falleció hace siete años. Recuerda que su mamá fue quien lo llevó de niño a trabajar al cementerio y que su esposa tenía un carretón, que heredaron las hijas, y era parte del ejército de mujeres que da mantenimiento a las tumbas.
Emilio es delgado, enjuto, viste sencillo y limpio y calza unos mocasines negros recién lustrados. Se aparece una niña y le dice algo bajito y luego se acerca un hijo, Roberto Carlos, quien también trabaja en el panteón.
El enterrador dice que no le tiene miedo a la muerte, pero asegura que “los muertos salen”. Dice que una vez estaba trabajando en una tumba y se le apareció un señor vestido entero de blanco: zapatos, camisa, pantalón y sombrero, todo blanco y le pidió que le pasara un balde de agua. Fue a traer el balde y cuando volvió el hombre no estaba, lo puso en la tumba y comenzó a preguntar por el hombre de blanco. Por ahí mismo estaba otro hombre sentado en una tumba que sin más, sacó una pistola y se pegó un tiro. Salió corriendo del susto y cuando volvió adonde estaba el balde de agua, se había dado vuelta. “Fue el de blanco, era un difunto que tenía sed”, razona Emilio y explica que el que se pegó el tiro era un profesor chinandegano que daba clases en una escuela cercana y decepcionado por una traición amorosa se quitó la vida, según salió después en las noticias.

LA PRENSA/ A. MORALES
A pesar de ese susto, Emilio cuenta que no le tiene miedo a los muertos. “Le tengo miedo a los vivos”, comenta Germán, quien por momentos parece su conciencia.
SE COBRA SEGÚN EL TRABAJO
Los sepultureros del cementerio general dicen que las cosas han cambiado mucho en este tiempo. Ahora hay gente que tiene bóvedas y les piden abrirlas para agregar otro pariente muerto. Lo que traen es una cajita del tamaño de una cajetilla de cigarro, se trata de las cenizas. En estos casos se trata de gente con familiares en Estados Unidos. También hay gente que trae sus muertos desde aquel país del norte y los entierra aquí porque es más barato. “Vienen rateados como momias”, dice Emilio, un albañil experto en sepulturas.
Por cavar la fosa y enterrar ellos cobran entre 5,000 y 6,000 córdobas, eso varía en dependencia de lo que pidan los deudos. En este momento aseguran los sepultureros tienen muchos problemas para trabajar porque la administración del cementerio les ha puesto muchas trabas.
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