Desde 2003, cada 28 de abril la Organización Internacional del Trabajo (OIT) celebra a nivel planetario esta jornada, y cada día más países se suman al esfuerzo de poner en perspectiva la plaga de las muertes y lesiones en el trabajo, legítima epidemia que a nivel comparativo, causa más víctimas que todas las guerras y enfermedades.
Solamente para ilustrar, la OIT en su sitio web señala que mundialmente cada año acontecen 1.1 millones de muertes en el trabajo, más que las 999,000 de tragedias viales, 502,000 por las guerras, 563,000 por violencia y 312,000 por el VIH/SIDA.
Como puede inferirse, si se analiza estadísticas a nivel de cada país, se encontrará un fractal —un patrón o arreglo de distribución que es el mismo a cualquier escala— por lo cual, es importante reflexionar sobre lo que las empresas están realizando para verdaderamente reducir esta plaga.
Por otro lado, considero valioso que los profesionales que se están formando en esta área puedan capacitarse en forma autodidacta, o con un enfoque gerencial, para ejercer aquellas competencias que están hasta hoy “fuera de la caja”, del cuadrado y limitado cliché en que se ha convertido el papel de este profesional en las organizaciones, que lamentablemente, es a veces solo un apagafuegos, un puesto considerado frecuentemente como subalterno, un mal necesario, o como represivo “policía de seguridad”, a quien se le achacan injustamente las ineficiencias propias de las líneas de negocios, o bien, la ausencia de interés por parte de la gerencia general, principalmente, cuando ocurren fallas operacionales que resultan en muertes, lesiones o pérdidas materiales.
George Robotham, uno de los mentores más reconocidos en Seguridad Operacional a nivel global, fallecido en 2013, señalaba que el profesional de esta área debe tener:
1) Habilidades interpersonales: para relacionarse con todos los procesos y escuchar en forma atenta y positiva.
2) Dominio de comunicación: para expresarse en forma efectiva, breve, precisa y sin florituras innecesarias.
3) Liderazgo basado en valores: para establecer los límites entre lo fundamental y lo secundario.
4) Alineamiento de prioridades de gestión: para que, como mínimo, la seguridad esté siempre incorporada en todas las tareas organizacionales.
5) Humildad: para reconocer siempre lo valioso que es la palabra del personal del más bajo nivel operativo, ya que este es un experto, y puede desarrollar con su conocimiento guiado, las maneras más seguras de realizar un trabajo.
6) Amplitud de visión: en donde no se deje vencer por el conformismo y que pueda retar y vencer el temible y tentador estatus quo; frecuentemente los objetivos no se logran porque estamos temerosos de romper nuestras propias limitaciones, nos encontramos llenos de complejos individuales y organizacionales, de los cuales no nos damos permiso de romper.
7) Amplio conocimiento de la legislación vigente: Es un factor frecuente el desconocimiento del profesional de este campo, en los alcances de nuestra ley 618. Ley General de Higiene y Seguridad del Trabajo.
8) Usar siempre el principio de Pareto (80/20): Esto implica concentrarse en aquellos pocos procesos, pero muy relevantes que pueden tener un ochenta por ciento y más de consecuencias.
9) Compromiso con la mejora continua: Esto implica no solamente decirlo, sino también cultivarse profesionalmente en su campo; implica leer libros sobre su materias técnicas, analizarse y fortalecer habilidades que le potenciarán a realizar su labor con máxima efectividad, y sobre todo, no pensar en forma acomplejada, sino en términos gerenciales, vinculando los temas de Seguridad Operacional al esquema económico —no simplemente regulatorio— de la empresa.
(*) Consultor en Seguridad Industrial.
Ver en la versión impresa las páginas: 3 C