La identidad nacional y el Gran Canal Interoceánico

En Costa Rica las élites desde un inicio cimentaron la construcción del sentido de identidad nacional sobre la base de una narrativa que enfatizaba el excepcionalismo del país, sustentado en el carácter pacífico y laborioso del pueblo costarricense

En Costa Rica las élites desde un inicio cimentaron la construcción del sentido de identidad nacional sobre la base de una narrativa que enfatizaba el excepcionalismo del país, sustentado en el carácter pacífico y laborioso del pueblo costarricense, y fundaron su propia legitimidad en el fomento del progreso económico y el impulso de la educación, buscando las maneras de incorporar a las clases subalternas.

Desde 1948 en adelante, en el discurso de las élites costarricenses se legitimó el papel del sector público —en concertación con el privado y demás sectores— en el fomento de la diversificación y modernización productiva, lo cual se tradujo en el predominio creciente del empleo formal y en la construcción de un estado social de bienestar, mientras se consolidaba una tradición de respeto a los derechos y garantías ciudadanas.

En el caso de Nicaragua, desde las últimas décadas del siglo XIX las élites comenzaron a vincular cada vez más su imaginario sobre el futuro del país a la posibilidad de construir un canal interoceánico. Esta sería la llave maestra para desencadenar el “fuego de Prometeo” en Nicaragua. Con esto, el país además de tornarse moderno y cosmopolita, cumpliría su “natural destino geográfico”.

Pero el impulso civilizatorio tendría que provenir principalmente desde afuera. El pesimismo con respecto a las capacidades propias se justificaba aludiendo al atavismo de la herencia genética y cultural nicaragüense, resultante de la mezcla de la sangre y las culturas hispana e indígena.

Sin embargo, a contrapelo de ello se impulsó una agenda de desarrollo compartida —la promoción del cultivo del café, la construcción de la red ferroviaria y telegráfica, y la mejoría de los puertos—. Los gobiernos nicaragüenses del último tercio del siglo XIX fueron los únicos en la región capaces de financiar la construcción de la red ferroviaria nacional enteramente con recursos propios, sin recurrir al capital extranjero.

Después se experimentarían décadas de relativo estancamiento y crisis, que solo culminarían con la II Guerra Mundial.

En la única —y última— oportunidad en que en Nicaragua se promovió, en el curso del siglo pasado, un proceso de diversificación productiva y exportadora —asociado al papel de la banca de fomento, la investigación y extensión agropecuaria, la incorporación al mercado común centroamericano, la construcción masiva de infraestructura —, el país ajustó sus políticas a la propuesta del Banco Mundial de 1952, inspirada por el pensamiento desarrollista de la época.

En ese período, la economía y la productividad media crecieron a las tasas más altas de que se tenga registro. Desde entonces no se ha promovido ningún proceso de diversificación de la misma escala.

En la actualidad, en el año 15 del siglo XXI, a solo veinte años de que el país arribe a la fase avanzada de envejecimiento de su población, con la frontera agrícola en proceso de agotarse —junto a la continuidad del modelo de crecimiento agropecuario extensivo— y con los enormes desafíos del cambio climático por delante, las élites depositan nuevamente sus esperanzas en que la salvación vendrá desde afuera, de la mano —otra vez— del Gran Canal Interoceánico.

En aras de esta salida imaginaria, se han cedido derechos de explotación irrestricta sobre tierras, bosques, espacio aéreo y cuerpos de agua, así como los atributos más elementales de la soberanía, se ha establecido un enorme paraíso fiscal que dejaría al país sin los recursos fiscales indispensables, y se ha renunciado a todo esfuerzo endógeno por promover un proceso de transformación estructural capaz de generar el incremento sostenido de la productividad, y del ingreso per cápita.

El punto de partida es nuevamente el pesimismo sobre la capacidad del país para impulsar un esfuerzo propio de desarrollo, centrado en la diversificación del aparato productivo hacia actividades de alto dinamismo —que generen cada vez más empleo formal, de creciente productividad y remuneración— y el fomento de un sentido de identidad colectiva basado en la confianza, en las fuerzas y capacidades propias, en donde el aporte externo es importante, pero complementario.

*Economista

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