Como pacifista, Sobalvarro expone el proceso de deshumanización inherente a todo conflicto bélico, absteniéndose de explicar el conflicto. Porque todas las guerras tienen una explicación y toda explicación equivale a una racionalización, es decir una justificación.
Esto no significa que politólogos e historiadores no deban estudiar los conflictos bélicos a profundidad para desentrañar sus causas y prevenir su repetición. Y en el campo de la historia nacional, la guerra de la contra es un fenómeno que nunca se ha estudiado en toda su complejidad.
El pacifismo no puede ser táctico o estratégico, sino universal. Los sandinistas en los ochenta desarrollaron una retórica pacifista, sin descuidar la defensa. Pero cuando en la década anterior lideraron la insurrección armada contra el somocismo, hablar de la posibilidad de encontrar una solución pacífica a la crisis provocaba reacciones airadas en una juventud que se consideraba, en su mayoría, de extrema izquierda.
El autor relaciona la necesidad de las guerras con el surgimiento de los hombres fuertes, los líderes vitalicios (Franco, Mao, Castro): “Ningún ejército funciona sin la idea de que algunos hombres son más valiosos, capaces o importantes. De allí surgió la idea de que los comandantes eran imprescindibles y sagrados”.
MEMORIA NOVELADA
Perra vida es un libro de memorias. Pero Sobalvarro no se limita a narrar sus experiencias, sino que nos hace vivirlas (revivirlas) junto con él. El lector siente el lodo, el frío y el calor de la montaña, las balas, la lluvia, el hambre, el ruido, el miedo, el silencio y la constante presencia de la muerte.
El estilo es descarnado. Espontáneo. Los hechos se van desarrollando como el autor los vivió y los recuerda. No hay intentos de hacer literatura, reestructurar los acontecimientos o fusionar personajes para hacer la lectura más asimilable. El valor literario del libro surge de la habilidad natural del autor como escritor.
Curiosamente, la misma dinámica de la narración va generando las características de una novela. Perra vida es un drama en tres actos: el reclutamiento, la guerra y el temor del protagonista-narrador a no ser desmovilizado por haber pasado nueve meses como desertor, después de sufrir una herida. Esta posibilidad real crea una atmósfera de suspense que se resuelve en el desenlace.
También surge el antagonista, que en este caso no es el enemigo (el enemigo es una amenaza constante que se materializa intermitentemente), sino Rosario, el jefe del pelotón al que perteneció el autor, transformado por la misma dinámica de la guerra, en un monstruo: “Me pregunté qué tenía que ver ese individuo con la idea del revolucionario que yo me había figurado como protagonista de aquella revolución”.
La animadversión recíproca entre protagonista y antagonista, alcanza en el primero, niveles de obsesión: “Decidí que si no me desmovilizaban iba a matar a Rosario o me iba a pegar un tiro en la cabeza”.
UN HÉROE ANTIHÉROE
Contrario a la tendencia imperante entre nuestros escritores, el autor no se presenta ni como héroe ni como campeón sexual. Incluso sus actos de valentía son narrados de forma casual, enfatizando siempre la angustia, el miedo el terror.
“Empecé a orar para que no chocáramos con la contra, pero la desesperación hizo que cambiara el contenido de mis oraciones y empecé a orar para que me hirieran de forma que pudiese ser enviado a un puesto médico y salir de aquellos montes aunque fuera por unos días. Y cuando mi angustia se hizo mayor, empecé a orar para que me mataran. Así todo terminaría de una vez y lograría tener paz”.
LAS MONELLES
El terror es a veces aminorado por la belleza de algunos paisajes nicaragüenses, los llanos de Makantaka, la ribera del Prinzapolka y la constante presencia de las Monelles, que siempre surgen en períodos de crisis angustiantes.
Recuerdo a la Monelle del libro de Schwob según relato que me hizo el poeta Edwin Yllescas (o por lo menos, como yo recuerdo o quiero recordar ese relato): La Monelle es la muchacha que atendió en su casa, por unos días, al joven Napoleón, todo sucio y derrotado, en uno de sus viajes a pie rumbo a París. Convertido en emperador muchos años después, trató de contactarla, pero la muchacha nunca fue localizada.
Otra célebre Monelle es la del poema del vietnamita Luu Trong Lu ( La muchacha del río Gianh ) que cura al protagonista herido y después se pierde. En el libro de Sobalvarro, las Monelles son las enfermeras amables, las vendedoras de comida (la vende chancho), las muchachas campesinas que van a la fuente para recoger agua, las jóvenes oficiales que le resuelven problemas circunstanciales.
Pero las Monelles nunca forman parte de la vida de un hombre. Aparecen y desaparecen y preparan el camino para la que vendrá en mejores tiempos. Para Juan Sobalvarro eso sucedió después, pero es materia de otro libro.
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