El martes de esta semana la presidenta de la República de Chile, Michelle Bachelet, tuvo un desayuno con periodistas de más de veinte medios de comunicación acreditados en La Moneda; el desayuno duró más de una hora, la agenda era abierta y tampoco había límites de preguntas. Ya eso en sí es un dato meritorio a destacar de la presidenta chilena, especialmente en momentos en que está siendo bombardeada por supuestos escándalos de corrupción que protagonizan personas cercanas a su gobierno e incluso a su familia.
Es aún más destacable visto desde Nicaragua, donde el presidente inconstitucional Daniel Ortega lleva más de tres mil días sin sentarse o siquiera detenerse a responder preguntas de periodistas nacionales, sean estos de medios oficialistas, seudoficialistas o independientes. Un par de veces en todo este tiempo ha dado entrevistas a medios rusos o cubanos.
Pero ese no es el punto que quiero destacar en esta columna, sino que los medios de toda América destacaron una frase de la mandataria cuando le preguntaron los periodistas —ante los señalamientos que hay— si consideraba que había una operación política en su contra para sacarla de la Presidencia de la República. Bachelet, quien no es señalada directamente de nada indebido, dijo como parte de su respuesta, sopesando cada palabra, “es obvio… es obvio que yo nunca más seré candidata a nada con cargo de representación popular en la política”.
Esto ha sido destacado por los medios del continente porque, por lo general, siendo los políticos chilenos más formales que el resto de los latinoamericanos, pues se toma la declaración muy en serio. No es como que lo hubiera dicho el difunto Hugo Chávez, que lo dijo varias veces, Evo Morales quien también ha amenazado con retirarse o Rafael Correa, que lo dijo hace pocos años.
Pero, ¿por qué resulta novedoso que Bachelet anuncie que no volverá a ser candidata? Ella actualmente es por segunda vez presidenta de su país; al cumplir su segundo mandato (que no fue consecutivo) tendrá 67 años y ha ocupado los más altos cargos no solo en Chile sino a nivel internacional. ¿Acaso los políticos no tienen fecha de vencimiento?
Yo creo que es saludable que aún en democracias tan consolidadas como la chilena los políticos —y el resto de ciudadanos— se hagan a la idea de que hay una ventana de oportunidad para cargos de elección popular. Y esa ventana se abre y se cierra.
Durante ese período en el que el político tiene opciones electorales, se supone que está en la cúspide de su carrera y no solo tiene que preocuparse por salir electo, sino por crear y fomentar el relevo en su partido y la institucionalización del mismo.
Pero no se hace. Ni siquiera en Chile, donde Bachelet tuvo que regresar a la Presidencia en el 2014 después de haberla ejercido entre 2006 y 2010 (sin duda en gran parte por falta de relevo). Y termina de evidenciarlo el hecho que tuvo que poner una lápida a sus futuras candidaturas agobiada por los cuestionamientos de corrupción, aún y cuando no la manchan directamente a ella.
Si nuestras sociedades lograran interiorizar que los políticos entran y salen de la política sin mayores traumas, evitaríamos sufrir situaciones como la que tenemos actualmente en Nicaragua, con políticos que llevan 40 años en “el negocio”. Para evitar eso hay que impulsar el relevo de gente capaz, mediante la preparación ideológica y profesional, pero también hay que buscarles qué hacer a los políticos que van de salida, de lo contrario se quedarán inevitablemente aferrados a la silla.
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