A Santiago Obregón se le ve caminar, reír y hablar igual que al resto de niños que también tienen 4 años. La diferencia es que si él sufriera una herida no podría pararle fácilmente el sangrado y si esta fuera considerable estaría en complicaciones al punto de morir de una hemorragia… porque es hemofílico.
Su papá, Cristóbal Obregón, supo que padecía de esta enfermedad cuando el niño tenía cuatro meses.
Recuerda que después de hacerle exámenes le dieron la noticia: heredó la hemofilia de su mamá. Desde entonces la familia le da un cuido exclusivo porque si se corta podría desangrarse debido a que no es buena la coagulación de su sangre cuando es expuesta al aire.
El niño es una de las 650 personas que, según la Asociación Nicaragüense de Hemofilia, sufren del mal en el país, donde los medicamentos no se comercializan y solo se consiguen a través de donaciones, que no siempre son suficientes.
Solo el tratamiento básico —que es a través de la sangre donada—, se garantiza en Nicaragua, indicó Javier Rivas, presidente de la Asociación Nicaragüense de Hemofilia.
Para mejorar la situación, Mylene D’Fana, secretaria de la Asociación Canadiense de la Hemofilia Capítulo Quebec, dijo que están buscando más donaciones de medicamentos con la Federación Mundial de Hemofilia.
Según los registros de la Asociación Nicaragüense, en Managua, León y Chinandega está la mayor población hemofílica. Santiago es uno de los tantos que sufren ese problema.
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