Hay unas líneas de un poema de John Donne referidas a que ninguna persona es una isla. Es un acertijo cuando de las complejidades humanas se trata. David Green, ese pelotero de enormes proyecciones, fue como el meteoro fugaz que en un momento determinado nos deslumbró a todos por su biotipo y enormes potencialidades de convertirse en astro del mejor beisbol del mundo. Pero acercarnos al hombre de carne y hueso, más allá de los reflectores, fue la tarea paciente que se impuso Edgard Rodríguez en su obra sobre el big leaguer nicaragüense que hoy tenemos en nuestras manos.
Digo paciente, porque Green siempre fue reacio al periodismo aun desde su incursión en la pelota aficionada de Nicaragua, cuando la valoración de sus perspectivas de alcanzar el estrellato eran inmensas. Uno de los méritos de Rodríguez es haber roto esa coraza infranqueable y ofrecernos en “David Green, un enigma descifrado”, al ser humano con sus virtudes y flaquezas.
Tengo que confesar que me leí el libro de una sentada, entre el bullicio de la gente en los buses urbanos de Managua y en medio de un calor insoportable, pudo más el interés de seguir conociendo detalles de la vida de Green, que esas pequeñas molestias, que muchas veces sirven de acicate para acometer la tarea y tener el placer y disfrute de la lectura a la manera de Roland Barthes.
Y es que Edgard Rodríguez ha venido puliendo su prosa y graduándose de escritor. Es un ecónomo de las metáforas y el uso de un lenguaje preciso que ofrece datos y detalles en su justa dimensión. Recuerdo que a fines de la década de los años ochenta del siglo pasado, me invitó a acompañarlo a El Nuevo Diario, llevaba en su maletín, desgastado por el uso, una nota con caligrafía de Edgar Tijerino dirigida a Danilo Aguirre, donde recomendaba a su pupilo.
Y no defraudó, porque ciertamente como apunta Tijerino en su magnífico prólogo al libro de Edgard Rodríguez, somos un enigma y el triunfo en la vida depende esencialmente de cada uno de nosotros. Y Rodríguez está en la senda correcta, cultivando sus habilidades escriturales a base de tesón y entrega permanente, donde se requiere mucho esfuerzo cerebral y apasionamiento.
Uno de los detalles que afloran en el libro de Rodríguez, es la influencia decisiva y de carácter gigantesco que adquirió la figura y presencia paternal de Eduardo Green la “Gacela Negra”, para cincelar una criatura —David, su hijo— que tenía una vocación por el futbol, pues “quería ser como Pelé”, y convertirlo en un amante de los bates y las manoplas, en un afán de buscar su relevo generacional. Seguramente el padre estaba lleno de buenas intenciones, pero esa disciplina extrema a que lo sometió, inclusive hasta la exasperación caló profundo en el carácter de David Green, que sus hazañas y triunfos era con el objetivo de complacer al viejo.
Su llegada al gran circo se produce un año después que fallece la “Gacela Negra”, para David Green fue duro golpe que lo estremeció hasta la médula. Confiesa a Rodríguez que no le avisaron a tiempo para venir a sus funerales y se llenó de resentimiento y se le hizo astillas el mundo. La pérdida del padre lo afectó profundamente y sus energías vitales las encauzó por otros caminos inapropiados, lo deportivo salía sobrando.
Pero Green se pulverizó. Todas las proyecciones sobre su persona se fueron decantando y él lo percibió y no intentó enderezar la nave. Las confesiones a Edgard Rodríguez de este y otros pasajes dramáticos sobre su vida, más que un intento de catarsis, es ofrecer un testimonio que ilumine a los jóvenes, en la búsqueda de las rutas apropiadas que conduzcan al éxito. Él está satisfecho porque como habitante de la Colonia Managua prometió que llegaría a las Grandes Ligas.
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