¡Bah! ¡Al diablo con la literatura! repiten algunos, cuando maldicen una novela o un libro de poesía, porque no le encuentran utilidad. Muchas veces aquellos de los que ocasionalmente le echan una mirada a un libro, esperan que este sea como un televisor o como un equipo multipropósito. Pero la literatura, no puede someterse a la búsqueda de una justificación utilitaria, va más allá de esto. Una obra literaria como una novela, un libro de cuentos, un poemario, una epístola, una obra de teatro, una obra histórica entre otras, es a la manera de Jorge Luis Borges, Como el paraíso , en la que vamos descubriendo el mundo, la vida, el pasado, y comprendiendo mejor el presente, y el futuro.
La mayoría de la gente dice tener afición por la lectura, y esto puede ser o no ser cierto; pero si fuese cierto, Nicaragua estaría cambiando silenciosamente, y el futuro presentaría multiplicidad de escenarios, donde las opiniones y el pensamiento propio serían la principal riqueza para impulsar propuestas de desarrollo, y ajustes para una total renovación social y estructural del país. Pero si no lo fuese, el tiempo nos recordará a muchos los espectros en la alegoría de las cavernas, de las que habla Platón, en que la verdad razonada es suplantada por la verdad distorsionada de los sentidos.
El magisterio de las aulas de clase se ha trasladado con potencia al magisterio robótico de las redes sociales, la tecnología y la autoinstrucción icónica digital. ¿Cómo hacer para que los nuevos códigos de lectura no apolillen la mente de las nuevas generaciones? Códigos de imágenes van anquilosando las neuronas y sustituyendo el sistema ordenado de signos gráficos, empleados en la escritura y los fonemas que representan, por colores, siluetas, e imágenes adormeciendo el ejercicio del pensamiento. ¡Estaremos en un patético viaje de retroceso nuevamente, a los rudimentos de la escritura interpretando pictografías del pasado, todavía en la oscurana de los tiempos!
En vez de preguntarnos para qué sirve la literatura, esperando una especie de algoritmo como respuesta, que jamás obtendremos. O escuchar una apología academicista, quizás hasta esotérica y sinuosa, de que para qué sirve, la pregunta tal vez sería: ¿Qué pasaría si no existiera la literatura? ¿Si no existiera la poesía que algunos comparan con profecía? Si la novela que toca la realidad y la transmuta en una riquísima ficción no nos recreara, ¿qué pasaría? ¿Qué pasaría con la historia de los pueblos y sus culturas, sus ideas, su crecimiento, sus luchas? Si no existiera la literatura, que desde la antigüedad ha transmitido legados culturales de diversas civilizaciones utilizando la poesía, la narrativa y el teatro, rescatar la historia misma, sería entrar al laberinto de Teseo.
Leer es descubrir, sentir los tiempos, echar a volar los pensamientos como los pájaros, que rompen los límites de sus territorios. Sin literatura, el ser humano estaría en riesgo de retornar al limitado lenguaje de las señas, a la parafernalia de la interpretación de los cielos, de las lluvias y truenos, a la generalizada cultura de zombis que caminan con los ruidos, a la antigua servidumbre de los “ilustrados”.
Escrito está, que nosotros somos criaturas creativas. Que con el fruto prohibido que tomamos al principio de los tiempos, códigos milenarios se fueron armando en los pensamientos y el lenguaje, hasta su síntesis en la literatura, que expone nuestra parte divina, que no es más que la sensibilidad y la ternura. De allí la insistencia del Centro Nicaragüense de Escritores que reza: “Leamos juntos, Nicaragua”.
El autor es presidente del CNE.
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