De un extremo hemos pasado a otro. Antes se consideraba no solo normal, sino apropiado, castigar físicamente a los niños mal portados. Hoy una mayoría creciente lo considera tabú. Por milenios la humanidad consideró sabio el precepto bíblico: “No dejes de corregir al joven, que unos cuantos azotes no lo matarán; por el contrario, si lo corriges, lo librarás de la muerte”. Hoy se le considera cavernícola. (Pr 23,12).
El castigo físico ha sido penalizado en varios países y muchos se escandalizan por cualquier golpe o acción que huela a maltrato o humillación de los niños. ¡Cuidado con tocar al niño!; nos dicen; “ellos se trauman fácilmente; hay que convencerlos hablándoles, nunca castigándolos”. Algunos pedagogos abogan, incluso, por dejarlos escoger sus materias de clase y por eliminar las notas. Las malas, supuestamente, pueden afectar su autoestima. Un resultado de esta tendencia es la cantidad de padres temerosos de sancionar, exigir o negarles cosas a sus hijos. Los menores han captado la seña y se vuelven cada vez más demandantes. Ahora muchos de ellos ya no piden sino exigen: “Dame mi celular; pero de marca”.
Se trata de un cambio cultural radical. Decía al respecto el sociólogo Cristián Conen: “Esta es la primera generación en la historia de la humanidad en que son los padres los que tienen miedo de los hijos”. Pareciera como que el cuarto mandamiento, “honra a tu padre y a tu madre”, ha sido sustituido por “honra a tu hijo y a tu hija”.
La virulenta reacción causada porque la directora del kínder Montessori haya dado unas palmadas en la cabeza a una niña —según muestra el vídeo— y puesto brevemente una papelera en la cabeza a un niño, es síntoma de este cambio. Los indignados no pidieron amonestación ni multa, que podría ser suficiente, sino el cierre definitivo: ¡que aprendan la lección!; dicen, para que ahora ningún maestro del país ose levantar la mano o alzar la voz a chavalos mal portados.
De un extremo hemos pasado al otro y ninguno es bueno; ni el enfoque autoritario, pronto a usar la tajona o la burla, ni el condescendiente, que abomina el castigo físico. Podrá ser reprochable la actuación de la directora, pero no lo es menos la reticencia de muchos padres y educadores en corregir conductas infantiles inaceptables. Hay pecados de omisión peores que los de comisión. Los padres que permiten que sus hijos pasen horas interminables frente a la televisión o el iPad, pueden estarle haciéndoles más daño que los que los nalguean por patear a su hermanita.
Al respecto cabe señalar que no existe evidencia sólida, científica, que demuestre que jamás debe usarse el castigo físico. Hay hipótesis, estudios, pero, como dicen Diana Baumrind Ph.D de Berkeley y otros, lo único que prueban es que nada ha sido probado, o que no hay consenso. Para muchos psicólogos no existe evidencia de que las tundas moderadas afecten negativamente a los niños.
La clave está en saberlo hacer; en evitar los excesos en ambas direcciones. La disciplina, e incluso los castigos, no están reñidos con el amor sino que pueden ser expresión del mismo. Proteger a los niños de todo lo que signifique dolor o sacrificio es arruinarlos. Hay que exigirles y enseñarles a que den mucho de sí. Sin caer en extremos. El popular libro de James Dobson, Atrévete a disciplinar , explica bien el cómo. Ojalá esta, u obras similares, fuesen leídas por todos los docentes, bachilleres y padres (madres) de familia. Podrían quizás descubrir que la tajona, aplicada con sabiduría y amor, puede ser como las inyecciones: duelen, pero curan.
El autor es sociólogo y fue ministro de educación.
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