Cuando Martha Lorena Esquivel pasa al frente de las casas anunciando la venta de leche agria que carga en el termo de poroplast, más que gritar parece entonar una balada sentimental de María Conchita Alonso o de Amanda Miguel, sus cantantes favoritas ochenteras. Su voz es suave, melódica, en su dicción no se come las eses, tiene una voz envolvente como de locutora de programa radial romántico. “Soy bien sentimental”, se declara Lorena mientras hace una pausa en su marcha que arranca muy temprano en el Mercado Oriental.
[doap_box title=»Más allá del Oriental» box_color=»#336699″ class=»aside-box»]De niña vendió en el Oriental. Recuerda que su mamá les enseñó a trabajar vendiendo en el Mercado Oriental, por eso lo conoce bien y sabe que cualquier producto que venda siempre habrá mucha competencia. Un día decidió vender leche agria, le compró a doña Elizabeth que hace unos trescientos vasos diarios y recuerda que le fue muy bien. “Este es un producto para vender en la mañana”, dice esta mujer quien después de vender pasa comprando lo que hará de almuerzo para sus hijos en Nueva Vida. “En la casa se trabaja más”, dice Lorena, quien comparte casa con su mamá y hermanos.
Sobre estudios, dice que llegó hasta primer año de secundaria. Le hubiera gustado estudiar Medicina. Pero ahora está empeñada en que sus hijos “salgan adelante”. Sobre todo las tres hijas, de 15, 11 y 8 años, a quienes nunca lleva a vender. Dice que la situación ha empeorado mucho, que “está dura” la vida y que le duele no recoger el suficiente dinero para cubrir las necesidades de sus hijas.[/doap_box]
Esta mañana no va cantando, o lo hizo ya en la primera parte de su travesía, pero hay días en que se para frente a las casas de algunos clientes y a petición de ese público-cliente, se pone a cantar. Sin pena, les da —se da— gusto, y canta alguna de las baladas trilladas de la mexicana o de la venezolana que han acompañado a miles de acabangados.
Pero esta mañana no canta. Lleva prisa. El sol de las 10 y media de la mañana que reverbera en el pavimento parece aligerar sus pasos. Sus piernas largas y flacas como tallarines se mueven rápidas como las hojas de una tijera, que se abren y cierran, cortando el aire. Lleva el termo liviano. A la altura de la aldea SOS, en Batahola, ya casi vendió todos los vasos de leche agria que llevaba. Solo quiere concluir su jornada de venta, saldar su deuda en la tortillería donde fía las tortillas que acompañan la leche agria, regresar al Oriental en bus, dejar el termo y largarse a su casa en Nueva Vida, Ciudad Sandino.
De allí sale todas las mañanas y deja atrás a sus cinco hijos que se quedan repartidos entre la escuela y la casa. “Así camino yo, acelerada. No puedo andar despacio”, explica Lorena consciente de que sus pasos tienen un ritmo inverso al de las canciones melosas y pausadas que tanto le gustan.
PASOS DE MARATONISTA
Esta mujer que se gana entre 150 y 200 pesos diarios por vender leche agria, camina tanto como si fuera maratonista.
Sale del Mercado Oriental, exactamente de Repuestos Burgos, tres cuadras al lago. Allí en una cada esquinera, le compra treinta o cuarenta vasos de leche agria a Elizabeth, con quien trabaja desde hace diez años, y sigue hacia el noroeste hasta salir al nuevo complejo judicial, de ahí sigue hasta la Avenida Bolívar, baja hasta el Malecón, continúa hacia el oeste de la capital, pasa por el Ministerio del Trabajo (Mitrab), dobla a la izquierda, avanza por el Instituto de Medicina Legal (IML), sube por los Bomberos, sobre esa vía llega a Montoya, se encamina hacia los semáforos de El Guanacaste. Va entrando y saliendo por las calles, avisando con su voz de cantante la leche agria. Se adentra en Batahola, pasa por el kilómetro cinco y de allí baja, todo a pie, hasta Linda Vista, que es la última estación, generalmente, de su periplo. Fácilmente camina entre tres y cuatro horas por día. No lleva una gorra ni sombrero, no se hidrata y lleva su piel reseca y tostada, expuesta al sol. Viste un cómodo pantalón de licra, una camisa tubo de malla amarilla y encima un delantal en el que mete y saca billetes y monedas. Lleva el pelo recogido en una moña y unos mechones le caen por encima de las orejas.

LA PRENSA/ A. MORALES
Su único gesto de vanidad es el rimel un poco corrido de las pestañas, los rayos solares se comieron la tenue pintura rosada de sus labios.
Por lo general evita el agua, le gusta la gaseosa, aunque se le clavan unos dolores tremendos en los riñones.
En las noches, cuenta que los talones le arden como “chile”, dice y confiesa que le da miedo tener problemas de “ácido úrico”. Aún así, no consigue que le guste el agua. “Me da ganas de vomitar”, afirma Lorena, quien trabaja sin descanso de lunes a viernes. “Se come todos los días”, razona.
Lorena se define a sí misma como “madre soltera” porque no tiene compañero. “Pero mejor no hablar de eso”, dice para zanjar cualquier otro detalle sobre su vida privada.
“Voy a entrar a una casa”, pide permiso para continuar con su actividad laboral. Entra a una casa, en el patio pregunta por una muchacha, que sale casi de inmediato. Ella se acerca a la pared de piedras canteras pintadas en lila y con una pierna sostiene el termo. Saca un vaso de leche agria, lo adereza con sal, le pone una cuchara descartable y lo entrega a la adolescente que salió de la casa. De un cuarto contiguo la llama una voz de mujer y ella se mete para despachar los últimos vasos, sin tortillas, que le quedan.
La liviandad le permite llevar el termo de la mano, como si fuera una cartera, o enganchárselo en el hombro. Abandona la casa de esta clienta, a la que a veces le deja fiado el producto y se cruza a la calle de la tortillería, donde un par de mujeres palmean el bastimento que se servirán en decenas de mesas de Batahola Sur. Esta mañana, la voz de Lorena no se oye por la pista de Linda Vista, no hubo necesidad, hoy su carrera, por la venta de leche agria, acaba unos metros antes de su meta habitual.
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