“Es difícil pronosticar, especialmente el futuro”, reza un humoroso refrán atribuido a Albert Einstein. Sin embargo, algunas cosas que dijo el señor Min Zhu, director gerente adjunto del Fondo Monetario —durante su reciente visita a Nicaragua— confirman ciertas tendencias que tengo ratos de haberlas detectado y que me atrevo a compartir a través de este ensayo a pesar de que tienen que ver con el futuro.
Primero, la reciente caída del precio del petróleo a aproximadamente US$50 por barril, de un promedio de US$105 por barril durante los cuatro años anteriores, no parece ser temporal. Refleja una mayor oferta mundial para el oro negro que demanda. Este aumento en oferta, a su vez, se debe principalmente a una mayor producción de petróleo en yacimientos norteamericanos como Brakken en Dakota del Norte y Eagle Ford en Texas que, a su vez, se debe a nuevas tecnologías incluyendo “fracking”. Gracias a estas tecnologías, yacimientos que se consideraban agotados se están explotando de nuevo y yacimientos que no se habían podido explotar en el pasado, porque involucraba extraer petróleo de esquisto, ahora están arrojando mucho oro negro. Entre recuperación secundaria en yacimientos existentes y campos vírgenes, Estados Unidos está bombeando aproximadamente cuatro millones de barriles por día (bpds) más que hace algunos años y está por alcanzar su producción más alta: los 9.6 millones de bpd de 1970. Y si uno combina producción de petróleo con gas natural, Norteamérica ocupa el primer lugar en la producción de petróleo y gas, superando a la Arabia Saudí y Rusia en la lista. Por eso en la industria algunos hablan de “América Saudí” cuando se refieren a Estados Unidos.
Segundo, aunque la producción de petróleo en países que son importantes productores de petróleo —como el Reino Unido, Noruega y hasta México— se están reduciendo o agotando, el superávit de la producción sobre la demanda continuará hasta al menos finales de 2016 según la Administración de Información Energética de Estados Unidos.
Tercero, por la resaca económica de la Gran Recesión de 2007, tanto el Fondo Monetario como el Banco Mundial estiman que el crecimiento mundial será modesto hasta finales del 2015. A pesar de una recuperación más robusta de la economía estadounidense —la más grande del mundo— el desempeño de otras importantes agrupaciones o países como las naciones de la zona euro, de Japón y de la China será o débil o más lento que lo que ha sido en el pasado. En el caso de China, su gobierno admitió que sólo crecerá a un ritmo de siete por ciento en 2015, muy por debajo de su crecimiento promedio durante la última década. El nivel modesto de la recuperación mundial obviamente afectará negativamente a la demanda para el petróleo.
Cuarto, avances tecnológicos en productos tan diversos como vehículos, aviones y bujías los han hecho mucho más eficientes. Estos avances comenzaron en serio cuando el mundo vivió el primer “shock” petrolero cuando los países OPEP subieron el precio del oro negro en 1973 y no sólo han continuado sino que van acelerándose. Por ejemplo, a comienzos de los años sesenta el famoso Volkswagen escarabajo, un vehículo básico, era considerado económico con su motorcito de cincuenta caballos y su rendimiento de hasta treinta kilómetros por galón. Ahora carros de lujo y hasta camionetas de tina superan ese rendimiento, a pesar de tener motores muchos más poderosos. Tan es así que el rendimiento del vehículo típico de 2014 en Estados Unidos supera cuarenta kilómetros por galón por primera vez en la historia. En cuanto a aviones, el Boeing 787, conocido como el Dreamliner, se ha mercadeado al público como un aparato amigable para el pasajero por sus atractivos interno y amenidades. Pero la realidad es que para las compañías aéreas que lo compran, su atractivo mayor es que es veinte por ciento más eficiente que el Boeing 767, el aparato que remplaza. Por eso líneas aéreas alrededor del mundo han comprado u ordenado a más de un mil de estos aviones. Y en cuanto a bujías, todos sabemos que las nuevas son ahorrativas. Por ejemplo, las que dan el equivalente de 60 y 75 vatios de luz solo consumen 13 y 20 vatios de electricidad, respectivamente.
Estos ahorros —y muchos otros— significan que el insumo de energía para mantener nuestros niveles de vida representa cada vez más un menor porcentaje de nuestro PIB. En buen cristiano, somos cada vez más ahorrativos en el uso de energía.
¿A donde voy con todo esta información? En primer lugar que el bajón del precio del petróleo difícilmente se revertirá. Podrá oscilar entre cincuenta y sesenta dólares por barril, pero ningún comentarista serio cree que veremos, al menos en el mediano plazo, precios que se aproximen a los cien dólares de los últimos años. Es más, hay algunos analistas —los de Citibank por ejemplo— que no descartan que el precio del oro negro pueda caer a veinte dólares por barril este año.
Mi segundo mensaje es que en vista de estas realidades ya pasó el tiempo de seguir estudiando el tema energético para ver si conviene ajustar hacia abajo las tarifas eléctricas que pagamos los nicaragüenses. A como no me cansaré de decir, traspasar al consumidor al menos una parte del precio más bajo del petróleo hace sentido económico. Servirá como un estímulo para nuestra economía permitiéndonos crecer hasta cinco por ciento en 2015 sin perjudicar el buen manejo macroeconómico, uno de los logros de la actual administración. Y es justo. Por eso ajustar las tarifas —y simplificarlas— es políticamente atractivo. Por otro lado, postergar acción es ilógico e injustificable. Lo único que falta es la voluntad política. Y en este sentido, comandante Ortega, ¡la pelota está en su cancha!
El autor fue director del Banco Mundial y presidente de la Comisión de Presupuesto, Economía y Producción de la Asamblea Nacional