Los “entrepreneurs” (se traduce como empresarios o emprendedores) para Schumpeter son aquellos agentes con la determinación que se necesita para impulsar “nuevas combinaciones” en la economía, siempre que encuentren mecanismos para desviar los recursos y factores productivos hacia estas “nuevas combinaciones”.
Esta es la explicación que proporciona el economista Schumpeter sobre los cambios tecnológicos y productivos que suelen ocurrir en racimos cada cierto tiempo, y cuya difusión ha permitido el incremento sistemático de la productividad durante los dos siglos que tiene de existir el crecimiento económico moderno.
Estas “nuevas combinaciones” normalmente terminan transformando la estructura total de la producción y el empleo.
Suelen originar o inducir el surgimiento de nuevas ramas y actividades que desplazan a las antiguas o las fuerzan a adoptar las nuevas combinaciones de manera que, al difundirse al conjunto de la economía, terminan generando empleos de mayor productividad que los pre-existentes y dando lugar al incremento agregado de la misma.
Este concepto de “entrepreneur” guarda escasa relación con la idea de que el problema de la calidad del empleo que genera nuestra economía, que encuentra su raíz en las propias características de su estructura productiva y exportadora, podría resolverse si cada quien, por su propia iniciativa, adopta la decisión de crear su propio empleo o negocio.
Aunque la determinación de los “entrepreneurs” de asumir riesgos para impulsar estas “nuevas combinaciones” es un componente esencial del proceso de cambio, resulta fundamental delimitar los conceptos.
La realidad es que en Nicaragua un número aproximado de 2.2 millones de personas emprendedoras, de las tres millones y pico de personas ocupadas, se ven en la necesidad de crear su propio empleo o negocio para sobrevivir.
En efecto nuestra economía ha estado en capacidad de absorber el fortísimo crecimiento de la fuerza de trabajo derivado del bono demográfico y de género, porque quienes se incorporaron a la actividad económica en gran medida crearon sus propios empleos.
El resultado ha sido que el setenta por ciento del empleo que se genera en el país es empleo de muy baja productividad, generado por micro-unidades caracterizadas por una escasa dotación de capital físico y humano y tecnología por trabajador.
Por el contrario, como lo muestra de manera palpable el ejemplo de un país vecino, Costa Rica, con una estructura productiva mucho más diversificada y compleja, y en donde la estructura del empleo es la inversa que la de Nicaragua —la mayor parte del empleo es empleo formal, en su mayor parte asalariado— el problema de la generación de empleo de calidad, a nivel agregado, no se resuelve por la vía de que cada quien cree su propio empleo o negocio.
En Nicaragua, el proceso de cambio estructural, sin el cual no existe manera de resolver el problema planteado, implicaría la permanente implantación de nuevas actividades dinámicas, innovadoras para el país, de mayor complejidad tecnológica, elevada densidad de encadenamientos y dinamismo de la demanda interna y externa, capaces de generar proporciones crecientes del empleo.
Pero un cambio estructural de la envergadura necesaria para arribar en un par de décadas más a la fase de envejecimiento en mejores condiciones, implicaría, como lo enfatizó Schumpeter, que los agentes innovadores puedan desviar los factores y recursos, en la medida necesaria, hacia las nuevas actividades dinámicas.
Esto implicaría también desarrollar la capacidad tecnológica del país, constituir la necesaria plataforma de recursos humanos, resolver los problemas de coordinación para asegurar las inversiones complementarias y un cambio apreciable en la estructura de incentivos.
Lo cierto es que en nuestro país no existen los mecanismos que aseguren el adecuado acceso a los recursos y factores a aquellos agentes en la disposición y capacidad de diversificar la estructura productiva, y la canasta exportadora, hacia nuevas actividades dinámicas, ni las políticas, instituciones, y herramientas que le permitan afrontar la necesidad de promover un proceso de cambio estructural como el descrito.
Estas son las restricciones que deben afrontarse, de manera apremiante, si en realidad se desea encontrar una salida real a la pobrísima calidad del empleo que exhibe el país y a los desafíos inminentes del proceso de envejecimiento.
*Economista
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